27/1/14

IV LOS VIEJOS ROCKEROS...



De senectute: De la vejez, poco he de deciros, porque no creo haberla alcanzado todavía. Noto, sin embargo, que mi cuerpo se va poniendo en ridículo; y esto es la vejez para la mayoría de los hombres. Os confieso que no me hace maldita la gracia (MACHADO, A.: “Juan de Mairena”).

Fuimos educados en el miedo y la búsqueda de seguridad; nuestros padres y abuelos venían de la guerra y la escasez. Maduramos en lucha: ¿ruptura o transición? Se nos llenó la boca hablando del cambio. Pasamos de un régimen político a otro, de una dictadura a una democracia, sin guerras ni revoluciones; de manera ejemplar, dijimos. Por debajo de las formalidades políticas, transitamos casi sin darnos cuenta de una sociedad dogmática y teológica a una sociedad libre, plural y secularizada. 
El proceso de modernización y secularización que en Europa se había ido produciendo de forma más lenta, más tranquila, más pensada, aquí lo hicimos con enorme prisa irreflexiva, pues había que coger el tren en marcha de la Europa rica, del “estado de bienestar”, que se nos escapaba. No dio tiempo a pensar ni los pros ni los contras ni las consecuencias para nuestra manera de ser y nuestras particulares circunstancias. La ruptura, en realidad.
No éramos del todo conscientes que esta dicotomía entre ruptura o transición planteaba no sólo un cambio de régimen, sino una nueva lectura del mundo muy distinta de la de nuestros padres y abuelos. Ahora quizá empezamos a darnos cuenta de esta verdad: que nuestros anhelos juveniles y nuestros interrogantes existenciales no pueden ser resueltos sólo por los cambios políticos. Menos aún por la política que conocemos o vamos conociendo, pues ya hemos visto que en cuanto una ideología alcanza el poder y se asienta en él, por hermosa que sea la causa con que se anuncie, pierde su contenido utópico, olvida los interrogantes por contestar, las injusticias por resolver y los anhelos por colmar de los seres humanos y se convierte en pura propaganda de conservación o reconquista. 
En medio de la abundancia de bienes materiales y derechos recién conseguidos, olvidamos muy pronto que estas cosas no las había regalado nadie, que no venían del programa del partido que había ocupado el poder en las últimas o penúltimas legislaturas. Olvidamos que todo esto eran los frutos del compromiso y el sacrificio de las generaciones de ayer y anteayer, que se justificaban en cierta visión del mundo, en ciertos valores, en ciertos mitos si se quiere. Ideas, valores, mitos que nos hemos apresurado a arrojar pronto como estorbos para cada nuevo viaje hacia el progreso indefinido y continuo de tener siempre más, otro mito en todos los sentidos, pero más rastrero, que se anuncia en todas las campañas electorales.  Hemos cambiado el mito del vuelo inalcanzable por las pobres alas de la gallina que ni quiere saltar las bardas del corral.
Uno se pregunta ahora si cada nueva oferta, más  o menos generosa según corren los tiempos, sobre el justo reparto de los bienes materiales y derechos, puede realizarse sin que cada uno de nosotros esté dispuesto a renunciar al interés propio; si los derechos pueden ser cumplidos sin que cada cual cumpla con sus deberes. Es decir, si existen en cada ciudadano motivos e intenciones para que cada uno se responsabilice éticamente de sus acciones, para que las leyes que protegen nuestra libertad y nuestros derechos puedan realmente no sólo ser cumplidas, sino promulgadas en nuestros corazones y no se conviertan en armas que nos arrojamos unos contra otros en nombre de ese ente abstracto que hoy se llama “la ciudadanía”. Y esto, que es la base de la democracia y es también la esencia de nuestra cultura, griega, cristiana e ilustrada, ¿dónde y cómo se aprende?, ¿cómo y dónde se enseña? ¿Cómo construimos el lugar de un futuro para todos?
La generación de nuestros hijos se ha levantado sobre una sucesión de ruinas -el muro de Berlín (1989), las Torres Gemelas de Nueva York (2001), la masacre del atentado del 11-M en Madrid (2004)- que se han constituido en símbolos de las ruinas de los nuevos mitos, de esa lectura del mundo hacia un progreso indefinido y automático. Y esas ruinas nos sitúan ahora ante una alternativa más dramática y global: civilización o barbarie, ética o degeneración regresiva. 





22/1/14

VIII CONFESIONES


"Si me hubieran hecho objeto sería objetivo, pero me hicieron sujeto." (JOSÉ BERGAMIN)

Antes de seguir adelante tengo que hacer esta confesión que debería haber hecho: que todo cuanto digo aquí está dicho desde mi propia  y humilde trayectoria vital, seguramente plagada de errores, pero de la que no puedo ni quiero prescindir. En este sentido, tendréis que perdonar muchas veces el tono quizá demasiado seguro con que haré ciertas aseveraciones, viniendo como vienen de alguien que no se considera “experto en la materia”, sino un buscador de verdades y criterios de los que nunca está seguro del todo. 
Yo creo que en esta tesitura está hoy mucha gente. Me parece que la crisis no afecta sólo a nuestros bolsillos, sino a nuestras convicciones y seguridades personales. Y en mi caso particular, como mi carácter no me permite cambios ni conversiones bruscas de ningún tipo, hace ya algún tiempo que me encuentro situado en una especie de frontera borrosa de un presente -siempre un tanto atrasado respecto al ritmo vertiginoso de los acontecimientos-, entre lo que voy abandonando del pasado y lo que voy vislumbrando del futuro, en la tarea, quizá inalcanzable, de sustentarme en el fluir del presente, más sentido que pensado, en lo que verdaderamente va asumiendo uno mismo para edificarse.
Y debo hacer otra confesión, aunque algunos que me conocen esto no se lo crean: a mi me costó mucho ejercer la docencia de una manera mínimamente digna y coherente. Hay quienes tienen ciertos dones naturales para la docencia que quizá formen parte de eso que llamamos “vocación”. Yo creo que en mi caso no ha sido así, así es que he tenido que aproximarme como he podido a esas disposiciones a base de esfuerzo y sudor, por razones que tienen que ver con compromisos éticos y sociales -políticos en sentido amplio- mejor o peor cumplidos.  

Lo digo de verdad. El oficio de enseñar es difícil de por sí, y ahora más que nunca.  A ello hay que añadirle, como es mi caso y el de otros muchos de parecida edad a la mía, el haber tenido que digerir, en muy poco tiempo, ideas y doctrinas foráneas, tragadas con ansia, casi sin masticar… No sé si los más jóvenes comprenden esto que nos ha pasado a los de mi generación. Un aluvión de ideas nuevas llegaron de repente y cayeron en estómagos mentales, los nuestros, que estaban acostumbrados a la papilla de los dogmas, el adoctrinamiento ideológico y los catecismos. Lo malo es que esas nuevas ideas se convirtieron en un tiempo récord también en adoctrinamiento ideológico, en dogmas y en catecismos. Ya se sabe: el que manda se acostumbra pronto, y el mandado se cansa enseguida de pensar por su cuenta, y quiere ser cómodamente mandado para luego poder protestar por ello. Es lo que ahora se lleva. Mal panorama; lo sé. Pero nos queda el consuelo de que esto también pasará. La tierra es redonda y da muchas vueltas; la historia también. 

14/1/14

VII UN SONETO SIN QUE NADIE ME LO MANDE



A sílabas cuntadas, ça es grant maestría (GONZALO DE BERCEO)

En la poesía actual se han ido abandonando de forma progresiva la métrica, la rima y otras formalidades, considerándolas un lastre para la inspiración del artista. Una vez se acostumbra uno al verso libre, resulta difícil volver a la clásica tarea de componer versos rimados en estrofas bien medidas. Resulta curioso, sin embargo, que lo primero que sale, casi de manera espontánea, en los primeros tanteos como aprendiz de poeta -estado del que yo debo confesar nunca logro salir del todo- es el verso rimado. Por lo general, el octosílabo en rima asonante alternativa -el romancero, vaya-. Y si uno expurga un poco en los orígenes de las diversas literaturas de las lenguas romances, veremos que el verso aparece antes que la prosa.

Para mí es bastante dudoso que quitarse de encima las complicaciones formales clásicas -medida, rima, estrofas…- facilite una poesía más inspirada o más acorde con lo cordial y sentimental que busca manifestarse precisamente por la poesía. Nietzsche dijo de los griegos, de su poesía, que habían inventado el arte de "bailar con cadenas". Y yo creo que su valoración de las cadenas, en este caso, puede ser compartida. Porque las trabas formales que dificultan la expresión poética tal vez favorezcan la inspiración, en vez de estorbarla, al funcionar como un señuelo para la mente discursiva, que distrae entorpeciendo el proceso de las razones del corazón que la razón no comprende, razones propias de los mundos sutiles, que decía Machado.

En verso, todo esto se podría decir así:

INSPIRACIÓN


Mientras la lechuza duerme 
y sueña entretenida 
con la rima, el ritmo y la medida,
las musas vienen a verme. 

Premonición del verso,
se adentra la palabra
en un futuro incierto.

Y ahora el soneto. Me gusta componer sonetos que luego rompo de manera inmisericorde una vez que entiendo han sido conseguidos -a mi criterio-. Este que incluyo aquí, sobre un tópico clásico y escrito hace ya años, se ha ido salvando por los pelos de las sucesivas purgas que suelo hacer sobre mis papeles escritos.



TEMPUS FUGIT


Por no hacer mudanza en su costumbre (GARCILASO DE LA VEGA)


Cada estación le tiende una emboscada
a éste mi corazón desprevenido;
nada le sirve de cuanto ha vivido
a la hora en que acecha la celada.

Como aquejado sueño en el olvido
de una memoria tan desmemoriada,
vivimos en penumbra derramada
sobre un es que no fue y aún no ha sido.

Cayó la flor y el árbol se desnuda.
Y el verdor y la brisa ya han pasado
como si nada hubiera sucedido.

Y baja como nieve en danza muda
sobre mi corazón desarropado
la amarga desazón de lo perdido.



9/1/14

VI TERRORISMO Y PROPAGANDA



La advertencia contra la publicidad comercial, en el sentido de que ninguna empresa regala nada, vale en todos los campos, y tras la moderna fusión de los negocios y la política, vale sobre todo contra ésta. La intensidad de tal recomendación aumenta conforme disminuye la calidad. (T. W. ADORNO)


Soy un hombre que ama la paz; no conozco ni el aburrimiento ni el hastío, por eso la amo. Pero entiendo que algo debe tener la guerra cuando el bueno de don Quijote prefería las armas a las letras y Juana de Arco se hiciera santa blandiendo la espada. 
Me refiero, claro está, a las guerras antiguas, en las que había soldados, trincheras y unas pocas reglas de juego. Ahora lo que tenemos es la guerra sucia de los drones y las armas químicas, y la aún más degenerada y sucia del terrorismo. 
El terrorista se cree un soldado; pero para ser un soldado no basta con creerse en posesión de la verdad; se necesita defenderla a cara descubierta, con uniforme bien identificable, y teniendo en la otra trinchera a otros soldados también uniformados y armados que defiendan su propia verdad. No es un soldado quien dispara por la espalda en la nuca o hace estallar un coche-bomba con un mando a distancia, matando a inocentes. 
Es verdad que en toda guerra hay víctimas inocentes, pero siempre se justifican como “daños colaterales” por ambas partes en la consecución de los objetivos de guerra. Para el terrorista, la víctima inocente es el objetivo mismo de su guerra. Pues de lo que se trata es del impacto publicitario que obtiene con su crimen; se trata de propagar el terror. Y en ello encuentran siempre la colaboración incondicional de los medios de información, pues están para eso, para propagar.  
Quiero que se entienda bien esto que digo, no estoy tachando a los periodistas de colaboracionistas con el terrorismo. Lo que quiero decir es que la lógica de los medios de información, que es la lógica de la noticia -y una noticia es siempre una mala noticia-, es la que aprovecha el terrorismo -como el ejército soviético aprovechó las inclemencias del invierno ruso para vencer a Napoleón y a Hitler- para conseguir su objetivo, salir en primera página. Sólo que la lógica del invierno ruso no se puede cambiar; la lógica de la noticia sí, si se quiere.

Dice el Tao te king: 

Sabe que toda decisión recae sobre uno mismo. 
Crecen las zarzas y espinos donde acamparon los ejércitos
y la miseria y el hambre siguen a la batalla. 
Por eso, no quieras arrebatar nada por la fuerza. 
Mantente firme y decidido
y el fruto, maduro, caerá por su propio peso.
El fruto, sin forzarlo.
El fruto, sin jactarse.
El fruto, sin celebraciones.
Quédate contento con el fruto y nada más.