28/5/14

LII Cuaderna vi(t)a

LII
Cuaderna vi(t)a 

El primero es Gonzalo de Berceo llamado, 
Gonzalo de Berceo, poeta y peregrino, 
que yendo en romería acaeció en un prado
y que los sabios pintan copiando un pergamino.

La anterior cita es la primera estrofa de un poema de Machado que titula “Mis poetas” (CL, páginas 600-701 del tomo I de sus obras completas de la edición crítica de Oreste Macrí, Espasa-Calpe, 1988). 
A Machado lo han acusado algunos de prosaísmo, creo que sin mucho fundamento. Un ejemplo que puede prestarse a esta precipitada acusación es este poema. El poema es, aparentemente, una típica lección escolar de literatura. De manual. Casi prosa. Casi, pues ahí, como el que no quiere la cosa, a lo “machado”, se nos dicen muchas sin decir diciendo. 
Por ejemplo, hay un doble sentido en la palabra “primero”. Berceo es el primer poeta de nombre conocido -”llamado”, o sea, nombrado y señalado con una vocación, la de poeta- y es el primero entre los poetas -”mis poetas”- que Machado prefiere. Con esta afirmación, sutilmente provocativa, Machado reivindica para sí su pertenencia a una tradición literaria, la nuestra, desde su origen.  Y reivindica también para sí, no sin cierta ironía, su propia originalidad. Machado sabe que unos son “los originales” y otros “los novedosos”, que -dice él también- suelen apedrear a los primeros. Y sabe también que quizá toda obra original no sea nada más –y nada menos- que la relectura, reinterpretación y reescritura de una tradición siempre rehaciéndose desde el principio. Como  nuestra memoria personal, que se reconstruye una y otra vez desde el ahora que se vive.
También se dice que Berceo es poeta y peregrino, información que resultaría redundante, incluso una perogrullada, si no fuera porque a Machado, como sabemos, le gusta jugar con estas formas de decir que son casi un no decir. Berceo es, como él mismo, “poeta y peregrino”. Un peregrino, un caminante, que hace su propio camino al andar, pues se trata de un camino interior; y un poeta, que entiende la poesía de una determinada manera, como “canto y cuento”: 

Copiando historias viejas, nos dice su dictado, 
mientras le sale afuera la luz del corazón. 

Dicen otros versos de este poema. En realidad, este último verso del poema de Machado es del propio Gonzalo de Berceo. Uno de los mejores versos de nuestra literatura, ha dicho otro poeta que no cito porque he olvidado quién era. 
De nuevo la sutil ironía machadiana, porque lo que importa aquí es el “mientras”. Este “mientras” hace referencia a otro tiempo distinto del contar -del “cuento”-, el tiempo del canto, que es un tiempo sin tiempo, un tiempo en el que no están nunca ni el mañana ni el ayer escritos.
Vemos que la palabra “copiando” se repite. Berceo no escribe nada nuevo; “copia”, versifica en “roman paladino”, los milagros atribuidos a la Virgen que, como se sabe, están recogidos de un manuscrito en latín de la época. Su afán, además, es didáctico; se dirige a un público analfabeto que debe oír el cuento y para el que los tetrástrofos monorrimos son escritos, para que el verso ayude a la memoria. 
La ironía es una puya contra “los sabios”, que pintan a Berceo “copiando un pergamino” y no captan el latido de su corazón. Con razón decía Rilke que toda crítica es siempre un malentendido. 

La palabra “cuaderna”, por sí misma, tiene que ver con el mar y con la construcción de barcos y edificios. Y también con “cuaderno” ¿Un Cuaderno de Bitácora? 
Decir “cuaderno” y “cuaderna” nada tiene que ver con la ideología de género. Los que me conocen saben bien que yo no he sido nunca políticamente correcto, y como comprenderéis, no lo voy a ser ahora, que, jubilado como estoy -”retirado”, sería la palabra adecuada-, me siento más libre que nunca. 
Si consultáis el diccionario veréis que hay una entrada para “cuaderna” que incluye como una de sus acepciones la de “cuaderno”. Pero si pongo “cuaderno”, entonces no se hubiera producido esa asociación con “Cuaderna vía”, que es lo que se pretende. Y además, “cuaderna” tiene otras acepciones interesantes.
Por ejemplo, en su raíz etimológica, “quaternus”, o sea, “cuatro”, que es un número que expresa una totalidad, una unidad completa, un arquetipo de nuestra unidad esencial y genuina, según dice el psicólogo Jung.  Quizá por eso “cuaderna” tiene que ver también con algo sustentador: una costilla -de Adán o de Eva, para el caso es lo mismo-, la pieza que sostiene la armadura de un barco, la más ancha, situada en medio, la que sostiene a las demás, que es llamada “cuaderna maestra”. He ahí las relaciones: con los barcos tiene que ver, efectivamente, el llamado “cuaderno de bitácora”, donde se anotan las vicisitudes de la navegación y el camino andado o navegado. ¿“Estelas en la mar”? ¿Como se hace permanente lo que al tiempo que se va haciendo se va borrando? ¿Qué es lo que nos queda del viaje? 
“Cuaderna” también significa “libreta”, agenda, álbum, breviario, memorándum, bloc (o blog).  Y libro.

La palabra “vía” significa “camino” en todas sus acepciones: sitio por donde se pasa de un lugar a otro, procedimiento por el que se comunican dos cosas o seres, y también método, instrumento o medio para realizar alguna cosa, material o espiritual –vías ascética y mística- … Hay vías de agua, cultas, ejecutivas, férreas, lácteas, libres, muertas, ordinarias, sacras, secas, sumarias… ¿Qué significa esa “t” entre paréntesis en medio de “vía”? 
Con esa “t” lo que pretendo es que el lector juegue conmigo a ver al mismo tiempo, por un lado el “camino”,  y por otro, todo lo que se refiere al vivir y a la vida, que contiene la raíz “vita”, que a tantas palabras nuestras acompaña. 
Pero la palabra “camino” se puede entender de distintas maneras, y caminos hay muchos en la vida. La vida es un camino y el hombre un caminante. Que cada cual busque su propio camino, el de su vida. Y como “camino” significa también discurso, seguiremos caminando, es decir, platicando siempre de lo mismo.


23/5/14

LI) Naturalismo, cultura y religión

LI
Naturalismo, cultura y religión
La razón que se origina en la naturaleza se desaviene con la naturaleza tan pronto como (por mor de una autoconservación que se ha elevado a la condición de fin en sí misma) se entrega a la furia socialmente desencadenada del sometimiento de la naturaleza externa y al hacerlo niega la naturaleza que hay en ella misma” (JÜRGEN HABERMAS).

La cita anterior pertenece a un libro altamente recomendable: Naturalismo y religión, del filósofo Habermas. (Paidós, 2008, pág. 202) 
El progreso, del que se ha apropiado, quizá con excesiva autosuficiencia, una concepción naturalista y racional de la sociedad y la vida humana, se ha descarrilado al objetivizar también, desde una perspectiva de tercera persona, la naturaleza interna del hombre y sus relaciones subjetivas, personajes, entre sujetos, objetivización que está en la base del método científico. Y de este modo, se ha producido una regresión del progreso civilizador de la razón hacia un planteamiento pseudonatural de las relaciones humanas y a una justificación pseudorracional de la barbarie -como ha denunciado también George Steiner-.  De este modo, la competitividad egocéntrica –el strugle for life- entre los individuos ha olvidado al mismo tiempo el sueño de la cordialidad entre proletarios del sueño socialista y la cordialidad entre hermanos –hijos de un mismo Padre celestial- de la fe cristiana.  La pregunta que yo me hago y que me gustaría hacerle a Adorno si esto fuera posible es si esa perversión de la razón instrumental no está también en el origen mismo del socialismo, desde el momento en que éste se consideró a sí mismo una propuesta “científica”, es decir, una visión objetivizada de la historia y la sociedad. ¿Acaso no ha confirmado esta perversión originaria la constatación histórica del “socialismo real”? 
Pienso que Adorno y la escuela de Franckfurt eran ya conscientes de esa perversión, que ellos retrotraen a la prehistoria biológica de la razón y su crítica general de la Ilustración. Pues tal perversión no la atribuyen sólo a la pseudonaturalidad de la leyes del mercado, sino también a la alienación que produce la burocracia estatal en las dictaduras socialistas. De ahí que la socialdemocracia tenga siempre que caminar por un estrecho sendero entre dos tentaciones igualmente peligrosas: el Escila del mercado libre y el Caribdis de la dictadura estatal y la sociedad administrada.  Y así ocurre que cuando una opción política está imbuida de una ideología que se considera en posesión de una verdad absoluta desde una concepción naturalista de la realidad, legisla bajo la idea de que las leyes que promulga tienen carácter causal, como las leyes de la naturaleza, y aquellos que las discuten son considerados consecuentemente como seres irracionales y retrógrados, cuya molestia se soporta en virtud de las formalidades democráticas, pero que tarde más o menos serán extinguidos con el tiempo. 
Pero deberíamos aprender todos que las distintas maneras de pensar que tienen los ciudadanos de una democracia están aquí para quedarse, y la historia, que da muchas vueltas, puede que no acabe con algunas de ellas, por antiguas que sean, sino que las refuerce. Y en cualquier caso, si realmente se tratara de especies a extinguir,  deberían ser protegidas como las demás especies, si es que queremos que la democracia no degenere en totalitarismo. 
En este sentido tenemos mucho que aprender, aquí y en todas partes. Lo que en todo caso puede ofrecer España en este momento en que en el norte de África se remueven los sistemas autoritarios -en una primavera mucho más ambigua de lo que parecía-, precisamente por su particular proceso tardío y acelerado de secularización, de tránsito a la modernidad, es su resolución ejemplar en la fase llamada “transición democrática”. Una fase que, como algunos dicen –y en esto llevan su parte de razón-, no fue realmente constitucionalista, sino de “domesticación” del poder autoritario anterior. ¿Es quizá el momento de pasar a otra fase de ampliación y consolidación de los presupuestos democráticos del Estado?  Tal vez; pero por supuesto no mirando hacia atrás, hacia los años treinta del pasado siglo, tan poco ejemplares en todo y en todas partes, sino hacia adelante, hacia los años treinta del siglo actual; es decir, hacia una superación de las dos Españas, que ya es hora.  En esta tarea creo que tiene una importancia capital la educación. 
Es un asunto crucial de esa tarea entender bien las relaciones entre laicismo y religión, aquí todavía lastradas, en unos y otros, por las fijaciones de la guerra civil.  A ello se añade también la situación internacional, pues los movimientos democráticos del Norte de África, era de esperar que acabaran topándose también con este mismo problema de las relaciones entre la religión y el estado. Nuestra aportación ejemplar puede ser también aquí importante, si sabemos en efecto dar ejemplo. Desde luego no con propuestas vacías de “Alianza de civilizaciones” que adornen con plumas de colores y pipas de la paz los encuentros de los mandatarios del mundo, sino realizando en la práctica un esfuerzo verdaderamente educativo, un esfuerzo de traducción sin traición, de verdadero diálogo en igualdad simétrica de condiciones –como defiende Habermas- entre laicos y religiosos.  Para ello, el laicismo no sólo debe atenerse a la neutralidad que en un estado democrático debe exigirse en relación con las distintas cosmovisiones de los ciudadanos, sino aceptar que las religiones, como las visiones naturalistas del mundo, son experiencias antropológicas compartidas por mucha gente a lo largo de mucho tiempo y que además, en el caso del catolicismo cristiano, experiencias razonables cuyas bases éticas –que son las que afectan a la vida pública- pueden ser perfectamente asumibles, hecha la traducción debida, por todos los ciudadanos. Las prácticas solidarias y de caridad cristiana son las mismas en el terreno de la vida cotidiana, si le quitamos de encima las discusiones ideológicas y teológicas. 
En esa tarea de reeducación, que tanto se necesita en este país cainista en el que parecen recrearse a veces nuestros políticos, los intelectuales, los periodistas de izquierda y de derecha, las Universidades y las Escuelas, los ciudadanos y por supuesto los políticos, deberíamos hacer el esfuerzo de ver las religiones ni como verdades absolutas ni como reliquias irracionales a extinguir, con esa mirada –unas veces tolerante y otras agresiva- del que mira sintiéndose en posesión de la verdad. Pienso que en el catolicismo cristiano se lleva ya algún tiempo haciendo, como cura de humildad, el esfuerzo de entender que la religión tiene un lugar –no todo el lugar- dentro de un planteamiento secular aceptado como un conjunto de reglas básicas del juego social. Toca ahora hacer ese esfuerzo cierto laicismo que en algunos aparece últimamente con los mismos visos de intolerancia que se atribuyen, con razones históricas, a las religiones tradicionales. Esta postura de superioridad interna del laicismo secular respecto de la religión propia, acaba viéndose, en efecto, por parte de las culturas que ahora –desde otras religiones menos habituadas a convivir con la razón ilustrada- intentan acceder a la modernidad y la democracia, como una especie de neocolonialismo, que los segmentos fundamentalistas del islam, por ejemplo, intentarán manipular en su interés propio. 

Antes de constituir una “Alianza de Civilizaciones” más nos vale rematar, cada uno en su casa, la propia civilización. Y luego hablamos. 

18/5/14

L) Sorge, cura, cuidado (3)

L
Sorge, cura, cuidado (3)

Yo tengo un pequeño jardín que cuido sin mucha información -no me preguntéis por el nombre de la mayoría de las plantas que tengo-, pero con esmerada dedicación y placer. Lo hago en parte siguiendo el consejo de mi maestro y en parte porque es una manera de dar expresión al hombre natural que en mí se rebela contra La Máquina. Como dice Paul Kingsnorth, la mejor manera de luchar por el futuro del hombre es ensuciarse las manos con la naturaleza; así se aprende de verdad, y no con discursos y buenas palabras, que la naturaleza tiene un valor más allá de su utilidad económica. 
Todo cuidado exige fidelidad. Y las plantas, con su silencio, que también florece en su tiempo y modo, enseñan ambas cosas perfectamente. Ved si no esta pareja de mirlos que anidan desde ya bastantes años en mi jardín. Cuando ponen los huevos -unos huevos preciosos, de un azul celeste claro y liso, como metálico-, se turnan macho y hembra, que concilian que da gusto, en la incubación. Ahí los veréis, echados hora tras hora, calentando los huevos. También está la culebra. Un día vi como la perseguían los mirlos, el padre y la madre, a picotazos por el tejado, seguramente porque había intentado comerse sus polluelos. Ya veis como también en este minúsculo y escondido jardín, familiar y abierto a los amigos aunque no sea el de Epicuro, está sembrado el árbol de la ciencia del bien y del mal, y el dolor y la crueldad que vemos en lo creado y no sabemos explicar aparecen con toda su evidencia. 
En el cuidado del jardín se cultiva la planta de la atención.  Por ejemplo, si quieres ver la flor de la violeta tienes que que fijarte en ella, pues pasa totalmente desapercibida por su tamaño, su color y su olor, tan sutil.  Es una flor que no suele verse en primavera, sino a finales del invierno; pequeña, discreta, símbolo de la humildad, necesita cierta paz y tranquilidad en el visitante, incluso en el jardinero, para hacerse ver, pues también aquí llega el ruido del mundo y sus distracciones alienantes, tal vez porque lo llevamos dentro y nuestra mente no para de pensar, de calcular. 
Y es que no es lo mismo ocuparse que pre-ocuparse. “Cada día trae su cuidado”, dice el Evangelio. Y el problema, hoy más que nunca, es que estamos siempre proyectados en el mañana; vivimos a crédito en todos los sentidos, pues la ideología del progresismo -que no es lo mismo que el progreso- ha ocupado todo nuestro ser, más allá de las cuestiones económicas y materiales. Como mañana será mejor, no vivimos el hoy.  O lo vivimos en un sinvivir, acuciados por la actividad alienante que nos aleja de sentir el peso enorme de nuestra liviandad constitutiva, siendo así más vividos que vivientes.
Sin embargo, aquí y ahora está todo, como en el jardín: luz, pájaro, aroma. El gato que miras y uno no sabe bien si a su vez se siente mirado por él. Los colores; blancor y amarillor, que decía Juan Ramón, pues no hay palabras para tanto matiz, como este rosa especial de una buganvilla que nace en un marrón amarillento y se va estirando hasta el límite del rosa y se asomándose al rojo fusia. El cuerpo, la piel, el tacto, los olores; la brisa que pasa y retoma perfumes y vibraciones, cantos de pájaros más lejanos, de ruiseñores ocultos y rumores velados y escondidos como secretos...
Cuido mi jardín sin que nadie me pague por ello, ni falta que hace. Le dedico mi tiempo porque me lo reclama el gozo mismo de cuidarlo y verlo vivir y florecer en armonía. Me cuesta más esta tarea que ahora mismo estoy realizando, la de escribir, que me he impuesto, sin embargo, como un deber. Porque aunque uno encuentra también cierta satisfacción en ello, tratando de hacerlo con arte y fundamento, bien hecho hasta donde se puede, uno está ya bastante escarmentado y nunca sabe si sirve para algo o es oportuno lo que dice. Y aún si lo fuera, uno no sabe que uso se hará de ello. Y tampoco sabemos, en el mundo de confusión y de intereses en que vivimos, para quien se está a la postre trabajando, quién y con qué clase de salario comprará o ya ha comprado tu trabajo. En cambio, con el jardín, con la naturaleza, por poco acertado que sea el cuidado que se le concede, siempre se sabe uno obrando a favor del bien; pues aún cuando se cometan errores (y cuántos cometemos), ella, la naturaleza, tiene una paciencia y una capacidad de repararse a sí misma casi infinitas.
Casi. Porque si bien podemos confiar -a pesar de la culebra- en las leyes de la Naturaleza, no cabe decir lo mismo de las leyes que los hombres nos vamos dando a nosotros mismos, para controlar nuestra codicia y estimular nuestra pereza, dos costumbres arraigadas por cientos de miles de años en las faenas del depredador, costumbres nuestras que infligen sufrimiento a la naturaleza -minerales, vegetales, animales- y a nosotros mismos, pues somos parte de ella.
La naturaleza nos ofrece sus dones, pero al mismo tiempo sus límites. La Tierra es redonda y ello quiere decir que es completa, perfecta, pero al mismo tiempo limitada por todas partes. Por ejemplo: podemos prolongar nuestros años de vida, pero el límite de la muerte estará siempre ahí, forma parte de las condiciones de la vida: lo tomas o lo dejas. Entiendo que pasa lo mismo con la enfermedad: podemos aliviarla y cuidar y acrecentar nuestra salud, pero no podremos erradicarla del todo de nuestra vida. Lo que debemos erradicar es nuestro miedo.
Sorge, cura, cuidado, decía Heidegger comentando la fábula de Higinio, es el designio de la existencia humana. Se vive por, en y para el cuidado. Y este cuidado, que puede ser y lo es también preocupación y angustia en virtud de la alienación que siempre acecha a lo que tiene de ambigua la condición humana, se manifiesta en toda su complejidad, dificultad y esplendor, cuando son seres vivos -plantas, animales, personas- las que hay que cuidar. Es más complejo, pero más sencillo. Pues no es lo mismo lo simple que lo sencillo, ni lo complicado que lo complejo. Lo complejo exige una mirada sencilla, es decir, que reciba y contemple, en vez de calcular. Lo sencillo es rendirse, entregarse, a la tarea del cuidado que el árbol, el gato o el niño te piden con sólo mirarte y que tú los mires. 

Venimos de una visión del mundo en la que se insistía sobre todo en los límites y en los errores -pecados- de lo natural, sobre todo de la naturaleza empecatada del ser humano. El mal, se decía, forma parte consustancial con el mundo. Ahora se insiste, más que en los dones -pues Prometeo no acepta regalos, sino que roba-, en las potencialidades del ser humano y sus invenciones. Este optimismo prometeico, alentado por la divulgación de las descubrimientos científicos y los resultados espectaculares de sus aplicaciones tecnológicas, se parece mucho al de los pasajeros del Titanic divirtiéndose confiados en alta mar mientras les acechaba la catástrofe. Cuando seamos conscientes, tanto de nuestros dones en tanto dones -es decir, seamos un poco más agradecidos-, como de nuestros límites, es decir, humildes, sin optimismos suicidas ni pesimismos derrotistas, sino de manera realista y equilibrada, la humanidad habrá dado un paso gigantesco, cualitativo, en su evolución y progreso. 

16/5/14

XLIX “Sorge”, cura, cuidado (2)

XLIX
“Sorge”, cura, cuidado (2)

Como relatan los primeros mitos de todas las grandes civilizaciones, el ser humano es un espíritu encarnado que tiene un origen que es anterior y un destino que va más allá de las circunstancias materiales en que nace y desenvuelve su vida. Esta doble filiación, carnal y espiritual, es la que lo impulsa, en un permanente desasosiego, a no conformarse nunca con los límites de lo fáctico y buscar ser más y mejor de lo que es. 
Cuando se habla de la condición humana se suele hacer por lo general en un sentido netamente peyorativo. Se asumen en ella las manifestaciones del ser egoísta que lucha para sobrevivir a costa de lo que sea y que utiliza, abiertamente o con disimulo, las malas artes y los medios que todos conocemos para adquirir poder, fama o dinero. Es el mundo, se dice, son los hechos, lo fáctico, la realidad, dando por sentado muchas veces que otra idea de la condición humana es pura fantasía, cosa de ilusos. 
Los reclamos que hace el entorno en que nacemos -hoy la selva tecnológica- empiezan muy temprano, en la infancia; es decir, antes de que el niño realice los ritos de empalabramiento y apalabramiento del mundo. Ya desde los primeros esfuerzos de levantarse, permanecer erguido y echar andar -la conversión, como dice Machado, en espalda del lomo de la fiera- y en los primeros balbuceos, la tarea de crecimiento y desarrollo del niño no es pasiva. Tiene que apropiarse del mundo -con ayuda, es cierto, de sus congéneres cercanos, ya iniciados-. El niño va leyendo el mundo de un modo cada vez más realista y ajustado a la realidad fáctica, a la cara del mundo que comparte como entorno con el resto de animales, plantas y minerales. Se trata de un doble proceso rítmico de acomodación y asimilación. El niño se adapta al mundo de manera activa y lo va asimilando a sus esquemas mentales que van también evolucionando, del mismo modo que asimila los alimentos que come e incorpora a su propio organismo en forma de proteínas, hidratos de carbono o vitaminas. Pero al mismo tiempo, su acción en el medio en que se desarrolla y crece, tiene que ajustarse y acomodarse a las leyes naturales inapelables y las normas sociales que se imponen en el espacio geográfico y el momento histórico que le ha tocado vivir. Y como en todas las cuestiones fundamentales humanas, el problema es de equilibrio: si se ajusta demasiado, se acomoda y no evoluciona, no crece; si se desajusta en exceso e intenta literalmente “comerse el mundo”, el mundo se le resiste e impone sus límites frustrantes; pues el ser humano, ufano del poder que le proporcionan las herramientas que inventa para apropiarse del medio natural, no cae en la cuenta de que él también forma parte del mundo que intenta apropiarse, y al comerse el mundo también se come a sí mismo, se fagocita. 
Se trata, por otra parte, de un equilibrio siempre abierto -que Piaget llamaba “homeorrásico”-, de manera que cada momento de equilibrio produce por sí mismo un nuevo desequilibrio que empuja al desarrollo y la perfección. El ritmo continuo de acomodación y asimilación, entiendo yo que informa toda nuestra existencia, de manera que, como dice Machado en uno de sus proverbios:

Es el mejor de los buenos 
quien sabe que en esta vida 
todo es cuestión de medida: 
un poco más, algo menos...”

La pervivencia, callada y tantas veces proscrita en la historia humana, de otra forma de vivir, de sentir y de pensar de tantos otros hombres y mujeres a lo largo del tiempo y lo ancho del planeta, no puede ignorarse, y su testimonio nos ofrece otra imagen de la condición humana muy distinta. Una humanidad que también busca la verdad y la justicia, que ejerce la bondad y ama la belleza, que renuncia a la violencia y al poder, a la riqueza y la fama, y anhela otra forma de vida que no esté presidida por la lucha y el odio, sino por el amor y el servicio.  
En todas las grandes civilizaciones, sobre todo a partir de lo que Karl Jaspers llamó la era axial, se han propuesto ciertas cosmovisiones o lecturas del mundo que otorgan al ser humano un destino distinto al que parece condenado de forma natural. Son las llamadas religiones superiores, sin ellas el ser humano no hubiera salido de las cuevas prehistóricas. Más allá de la manifestación concreta de las religiones en distintos sistemas culturales e instituciones sociales, el significado etimológico de la palabra “religión” -además de “religar”- es “escrúpulo”. Es esta característica de tener “escrúpulos”, es decir, de sentir la llamada de una conciencia que va más allá de nuestras formas naturales y sociales de supervivencia, la que nos dice, aunque sea oscuramente, si obramos o no en razón de la esencia que constituye nuestro origen y nuestro destino, la que nos señala que hay algo en el ser humano que viene de otro mundo, si podemos decirlo así, y está destinado a otro mundo, que nos dice que somos un “espíritu encarnado”. Que una persona sea o no religiosa no constituyen condiciones determinantes para la percepción de esta realidad, que es interior, y no depende de adscripciones ideológicas o de creencias de carácter externo. 
En todas las civilizaciones aparecen testimonios de esta otra condición humana que convive, en distintas proporciones, formas y relaciones, en cada hombre o mujer, y que constituye nuestra especial estructura abierta, inacabada, dialéctica, cuyos componentes pueden ser llamados “la carne” y el “espíritu”, sin entrar ahora a dilucidar como hemos de entender hoy estas dos dimensiones inseparables del ser humano. 

Esta estructura de un ser inacabado, abierto, en lucha consigo mismo que busca ser más de lo que es en las circunstancias en que viene al mundo y vive su vida, está en la base de nuestro particular e indefinible desasosiego, la que nos constituye como “caminantes”, buscadores, peregrinos, exiliados, que viven sus días contados entre un origen que se percibe oscuramente como nostalgia y un destino que se vislumbra y anhela como utopía.