12/3/14

XXIX.- EL DESARRAIGO (1)


Un saco de trigo siempre se puede sustituir por otro. El alimento que una colectividad suministra al alma de sus miembros no tiene equivalente en todo el universo. Además, por su duración, la colectividad penetra en el futuro. Es alimento no sólo para las almas de los vivos, sino también para las de los aún no nacidos que vendrán al mundo en los siglos venideros.
(SIMONE WEIL)

Aunque nada es nuevo bajo el sol, como nos enseñan el Eclesiastés y los años vividos, debemos reconocer que algo muy importante se ha producido en el transcurso de nuestras vidas, las de quienes hemos pasado ya del medio centenar de años,  y es la fractura del fluir de la memoria colectiva de las generaciones, de la tradición de nuestra civilización, de nuestra cultura. Se trata de un hecho antropológico esencial, un fenómeno que ha ocurrido pocas veces en la historia y cuyas consecuencias son imprevisibles. El síntoma más inmediato que percibimos es el desarraigo. 
Toda la arboleda que constituía nuestra protección, el pulmón que nos facilitaba el intercambio entre lo visible y lo invisible, entre lo vivo y lo inorgánico, y nos proporcionaba los frutos que alimentaban el sentido de nuestras vidas, ha sido arrancada de raíz. Vivimos en el desamparo. La aceleración de los procesos de cambio de una sociedad premoderna a la postmodernidad, sin haber asumido críticamente la modernidad, es la que ha producido -de manera particular en mi generación y en España- esta especial situación de desarraigo. 
Alguien ha dicho -George Steiner- y con razón que los seres humanos no somos plantas y por lo tanto no tenemos por qué tener raíces que nos fijen a ningún suelo. Pero Steiner se refería a las raíces de un territorio concreto, a la cuestión de los nacionalismos. Ahora hablamos de otra clase de raíces y otra clase de terrenos que no tienen ni el peso tangible ni la irracionalidad primitivamente instintiva de los territorios consagrados por emociones primitivas y banderas enarboladas por poderes que ya sabemos, porque lo hemos visto, a dónde conducen.
La sensación de que nos faltan las raíces es vivida con angustia e incertidumbre en un paisaje cultural que lleva ya mucho años en decadencia. Hace ya casi dos siglos -en 1836-, Kierkegaard (KIERKEGAARD, S.: Temor y temblor. Editora Nacional, 2ª Ed. 1975. Pág. 53) denunciaba en este sentido el comienzo de una verdadera liquidación de ideas y valores esenciales. “Todo se puede comprar a unos precios tan bajos que uno se pregunta si no llegará el momento en que nadie desee comprar”-decía-. Creo que ese momento ha llegado. Vivimos ya en una cultura que empieza a despreciarse a sí misma. 
El desarraigo es la consecuencia de la disolución, progresiva o brusca, de las formas de convivencia que podríamos llamar “orgánicas”. Estas formas orgánicas son definidas por Martin Buber (BUBER, M.: ¿Qué es el hombre? Fondo de Cultura Económica. 13ª ed. “La crisis y su expresión”, págs.. 75-85) en base a factores que han ido cambiando tanto cuantitativa como cualitativamente. Desde el punto de vista cuantitativo, las viejas formas orgánicas como la familia, la ciudad, el gremio artesanal, ofrecían un tamaño y una configuración que permitían la relación directa, personal, entre sus componentes. Desde el punto de vista cualitativo, se trataba de formas grupales en las que se ingresaba por razones naturales y no en base a una elección individual que no sabemos nunca bien hasta qué punto es fruto de nuestra libertad o está configurada por intereses espúreos inmediatos.
Ninguna de las instituciones que han surgido –el partido, el sindicato, la escuela, la urbe…- han conseguido devolverle al ser humano la seguridad que las mencionadas estructuras orgánicas le proporcionaban. Se trata –o se trataba- de estructuras que han tenido y tienen la función de preservar al individuo de la angustia, la soledad, el sin sentido, el nihilismo y el propio desarraigo, al tiempo que ofrecían unos “lugares de acogida” acordes a las necesidades de cuidado, intercambios materiales y afectivos, del compartir y comunicarse que todo ser humano exige, necesidades que van más allá de las cuestiones económicas y políticas que ocupan diariamente las noticias y nos aturden con su ruido de propaganda. Pues de lo que se trata, en suma, es de que se percibe la propia vida como un sin sentido 
Desde estas constataciones uno ve con cierta estupefacción como mientras la estructura familiar, por ejemplo, se reduce a mínimos y se descompone como estructura de acogida, las nuevas instituciones sociales que la sustituyen, como la política o la escuela, crecen desmesuradamente sin ningún sentido ni funcionalidad, cada vez más inadaptada a las exigencias de un futuro que ya vemos asomando por la esquina todavía en formas desdibujadas y ambiguas que van adquiriendo un tono amenazante. 


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