14/5/14

XLVIII “Sorge”, cura, cuidado (1)

XLVIII
“Sorge”, cura, cuidado (1)

Una vez llegó Cura a un río y vio terrones de arcilla. Cavilando, cogió un trozo y empezó a modelarlo. Mientras piensa para sí qué había hecho, se acerca Júpiter. Cura le pide que infunda espíritu al modelado trozo de arcilla. Júpiter se lo concede con gusto. Pero al querer Cura poner su nombre a su obra, Júpiter se lo prohibió, diciendo que debía dársele el suyo. Mientras Cura y Júpiter litigaban sobre el nombre, se levantó la Tierra (Tellus) y pidió que se le pusiera a la obra su nombre, puesto que ella era quien había dado para la misma un trozo de su cuerpo. Los litigantes escogieron por juez a Saturno. Y Saturno les dio la siguiente sentencia evidentemente justa: “Tú, Júpiter, por haber puesto el espíritu, lo recibirás a su muerte; tú, Tierra, por haber ofrecido el cuerpo, recibirás el cuerpo. Pero por haber sido Cura quien primero dio forma a este ser, que mientras viva lo posea Cura. Y en cuanto al litigio sobre el nombre, que se llame homo, puesto que está hecho de humus (tierra)”.
 (CAYO JULIO HIGINIO)

Esta fábula de Higinio -que he recogido de dos lectores y comentaristas egregios y en cierto modo contrapuestos, Martín Heidegger y Leonardo Boff- nos habla, como otros tantos relatos -el Génesis, el mito de Prometeo...- de nuestro origen con pretensión de universalidad, es decir, considerando, aunque sea en la forma y expresión de cada cultura, al ser humano in génere, como lo que es esencialmente.  Aquí se nos habla, como el Génesis, del origen del hombre. Se trata de un tema insoslayable en las narraciones originarias de casi todas las civilizaciones, que intenta así responder a las preguntas esenciales del dónde venimos, a dónde vamos y quiénes somos. Venimos del barro, estamos hechos de barro y al barro hemos de volver –dice la fábula-; pero ese barro está insuflado de un espíritu que, viniendo de Júpiter –de Dios, del Cielo, “padre de la luz”- tiene algo de divino, y a lo divino ha de volver. Mientras vivimos, somos Cura –sorge-, cuidado en el tiempo, preocupación, angustia. 
Se trata de una fábula, de un mito que trata de dar una respuesta a las preguntas que nunca dejamos de hacernos, por más que se nos diga una y otra vez que carecen de sentido, pues es preciso el sentido lo que se busca con estas preguntas. Podemos ver la frágil ambigüedad que presentan los textos fundacionales de nuestra tradición y de todas las grandes civilizaciones humanas, cómo es que tradición, traducción y traición van con frecuencia inextricablemente unidas. Y también cómo la lectura, base de nuestra tradición cultural, va unida a la conciencia personal, a la libertad y responsabilidad del individuo, y es por definición incompatible con el poder y su violencia estructural, especialmente con el poder, desnudo o travestido, de los totalitarismos. Y lo quiero poner en evidencia mediante este texto por el hecho de que sea Heidegger precisamente quién haya hecho una interpretación más honda y comprometida con él. Llama la atención que alguien de la talla intelectual de este filósofo pudiera ser tentado por nacionalsocialismo, una de las versiones modernas -borrón y cuenta nueva- del adanismo. 
Cabe, sin embargo, otra lectura de la fábula de Higinio que es la que hace Leonardo Boff  al distinguir dos maneras de leer el mundo: como un predio de conquista y explotación o como un huerto y jardín que hay que cuidar.
La fábula de Higinio presenta una serie de símbolos poderosos que aparecen en otras muchas narraciones sobre el mismo tema. El hombre es una criatura desposeída de sí misma. Ni el cuerpo (barro, tierra, Tellus) ni el alma (Júpiter) son propiamente suyos, pues no se ha formado a sí mismo. Ni siquiera su vivir, que pertenece en el tiempo a Cura –sorge, cuidado, preocupación- y es, por ello, un sin-vivir. El hombre es barro informe –incompleto, inacabado, ambiguo, sin forma dada, un “animal no fijado” (Nietzsche). Pero al mismo tiempo es “humus”, “tierra fértil” –Adán-, es decir, un ser abierto a una forma. Esa forma la proporciona Cura en el vivir, en el tiempo, en la existencia concreta de cada uno. 
El ser humano es arrojado a un mundo extraño en el que inevitablemente se siente impelido a sobrevivir primero, a vivir después y luego a vivir bien, a vivir felizmente. ¿Cómo lo hace? Mediante Cura. Cura es la preocupación, el afán, el desasosiego vital del proyecto y su continua y permanente realización siempre inacabada, el derroche de una constante actividad proyectada desde el pasado hacia el futuro que nunca se colma.
Si yo no he entendido mal a los existencialistas y a Heidegger –entenderlo mal es cosa bastante probable dado el carácter hermético y particularmente dificultoso de este autor-, nos dan una imagen del ser humano como el niño que, sin previo aviso y sin que sepa nadar, es arrojado por el padre al agua de la piscina. Allí se hunde la criatura y comprueba con angustia y miedo que se ahoga y no puede respirar, pues no tiene branquias, sino pulmones. Y entonces, como quiere vivir, bracea y bracea en ese medio extraño y hostil para un animal terrestre como es el agua hasta que flota y se salva, Moisés sin canastillo, pero con madre si la tiene. El agua es el mundo y sus peligrosos reclamos a los que hay que anticiparse, aún con angustia y miedo, para sobrevivir y vivir. Un mundo que sentimos como hostil, como si no nos perteneciera, como si realmente fuésemos de otro mundo, pues no estamos acoplados en él como el animal en su entorno, sino que entre el mundo y el hombre hay un hiato, una distancia, una separación, una herida abierta en nuestra conciencia. 
La anticipación que Cura impulsa –el cuidado, la solicitud, la preocupación existencial, la angustia- sólo se puede materializar a través del signo, en la palabra, en el verbo, en los tiempos y modos verbales. Las cosas no tienen ni recuerdos ni anhelos; nosotros –Cura- se los atribuimos. De ahí el por qué leer. El mundo al que somos arrojados es también ambiguo y mediado, un caos en el que permanentemente el propio hombre ha de estar poniendo orden, sentido, convirtiendo en cosmos, en un lugar habitable, en un mundo legible, en una morada humana, un edificio empalabrado y apalabrado. 
Por el cuidado entró el lenguaje en el mundo y por el cuidado se materializó en palabra escrita. Es en la producción escrita, de imágenes y palabras, en los millones de conversaciones de twiter o face-book, en los cientos de miles de blogueros como yo que sostienen el torrente de la escritura en pantalla, donde hoy podemos ver con más claridad que en toda la historia de nuestra especie y nuestra civilización el enorme derroche que Cura propicia en su tarea de conformación y al mismo tiempo de disipación. A veces, uno se queda mirando las estanterías de la biblioteca doméstica que nos ha acompañado in crescendo a lo largo de la vida y, sabiendo uno lo que cuesta leer y más lo que cuesta escribir, uno se pregunta a sí mismo: ¿Cómo es posible -Tántalo también el hombre- que se haya dedicado tanto tiempo y tanta energía a producir tanta literatura tantas veces inútil? Y sin embargo, seguimos leyendo y escribiendo. ¿Por qué?
Me pregunto: ¿qué sería de este ser que aspira a todo y es nada, este ser sin forma y sin permanencia, contingente, que adquiere su entidad en el tiempo tan breve de una vida, que “de la cuna a la sepultura” tiene que aprenderlo todo siendo como es nada, qué sería de él si no tuviera memoria? ¿Y cómo podría tener memoria sin los signos, los símbolos, que no sólo aguantan el paso del tiempo sin desaparecer, sino que lo recuperan y lo anticipan? 
El ser ahí –Dasein- a donde el ser humano es arrojado, como dice Heidegger, donde vive irremediablemente, cobra su existencia humana cuando es señalado por el dedo humano. “El mundo era tan reciente –dice García Márquez hablando de su Macondo- que las cosas carecían de nombre y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”. Este ahí con que el hombre se encuentra emerge en realidad de un deíctico, de una señal, de un signo mediador, de un sustituto de la realidad material, un símbolo. 
En su origen, el símbolo es una especie de contraseña o prenda de amistad o de alianza, una medalla que se partía por la mitad -sym-bálica- y se entregaba cada parte a uno de los dos que establecían el lazo y la promesa y que podían aducir como prueba de ello si encajaban una en la otra. Así, la forma simbolizante, la parte manifiesta del símbolo y aquello que es simbolizado, que corresponde a su sentido, se hallan desencajadas sobre la base de una presupuesta unidad anterior a la que remite.  Esta partición originaria presupone, por tanto, un siempre latente encuentro o reencuentro entre las partes y las presencias que la testifican. Una presencia oculta se revela ante un testigo que la reconoce como tal y así adquiere su forma y figura. El símbolo nos dirige hacia una unidad originaria que hay que restablecer y en la que estamos comprometidos de antemano, pues este compromiso forma parte de nuestras condiciones de existencia. 

Cómo el dedo de Dios que Miguel Ángel pintara creando a Adán, el dedo del hombre crea otra realidad adánica. Y así, mediante señales, el hombre introduce orden en el caos, confecciona su cosmos, su hábitat, su morada. Esta morada está construida en parte con palabras que se transmiten desde los muertos que vivieron a los vivos que ahora viven y de estos a los que han de vivir, para que no tengan que empezar otra vez desde el principio la escritura de su geografía, la confección de sus mapas. Esta morada es una tradición, un edificio de textos cuyas palabras están también en parte en manos de Cura. Sólo en parte, pues el Dasein, el ser-ahí está más allá de las palabras. Esta morada es interior, está llena no sólo de significados y valores, sino de sentido. 

13/5/14

XLVII El sabor de la fruta madura

XLVII
El sabor de la fruta madura

Ni vale nada el fruto 
cogido sin sazón...
Ni aunque te elogie un bruto
ha de tener razón.

(ANTONIO MACHADO)

Reconocer el mundo y ser reconocido en él es lo que convierte al mundo en un lugar con sentido, un cosmos, una morada. Cuando falta la percepción de ese orden del que nos sentimos formar parte, de ese sentido, nuestra desorientación cobra dimensiones absolutas. El nihilismo, la depresión, el sinsentido nos hunde en el abismo existencial. ¿Hay en el ser humano, en su estructura esencial y originaria algo que le permite percibir el sentido y el sinsentido? 
Un ejemplo trivial, pero que es todo un símbolo: hoy mucha gente joven no puede saber a ciencia cierta si la fruta que se compra en los supermercados es buena fruta o no –a pesar de su resplandeciente apariencia, que enseguida se corrompe- porque sencillamente no han probado nunca una fruta madura recién cogida del árbol. Lo que comen no está en sazón, por muy vistosa que se muestre al consumidor para ser vendida; es fruta verde que viene de cámaras frigoríficas y que fue recogida Dios sabe cuándo, dónde y por quién y sometida luego a las trampas artificiosas de la vistosidad. 
Yo no creo, sin embargo, que los jóvenes hayan perdido por eso necesariamente el gusto, que es un don natural. Y bastará que prueben una vez una fruta madura –que revivan conscientemente esta experiencia feliz- para que la reconozcan como tal. Para ello, para que el reconocimiento pueda realizarse, debe ir acompañado de una cierta apertura, pues siempre tendemos –los “modernos” quizá más que los “antiguos”- a encajar nuestras experiencias en las estructuras mentales cerradas –nuestros prejuicios- en los que,  jóvenes o viejos, hemos sido socialmente condicionados. 
Hay una historia que cuentan los sufis a propósito del tema. Es la historia de aquel que nunca había visto otra clase de pájaros que el canario que tenía en la jaula. Un día atrapó un aguilucho y se dijo: ¿qué clase de pájaro es este? Lo llevó a casa y con las tijeras de podar le enderezó el pico y le recortó las garras de las patas. Luego lo soltó diciendo: Ahora sí que eres un pájaro de verdad.

Si falta un reconocimiento de la realidad, en virtud de las anteojeras con que miramos y leemos el mundo, y pedimos peras a los olmos, pocos frutos recogeremos. La pregunta pertinente es por tanto la siguiente: ¿Qué clase de frutos se recogen hoy del árbol de nuestra cultura? ¿No hemos cambiado los árboles frutales, que nos exigen más cuidados, por los olmos -quizá sería mejor decir “eucaliptos”, que crecen sin cultivo en cualquier terreno y no dan ni sombra- a los que pedimos lo que no pueden dar? De esto precisamente tendremos que seguir hablando, largo y tendido.

8/5/14

XLVI No vemos el mundo, lo leemos (2)

XLVI

 No vemos el mundo, lo leemos (2)


En Tamara, la ciudad invisible de Calvino, el ojo no ve cosas sino figuras de cosas que significan otras cosas. El mundo se hace visible en virtud de los textos del edificio cultural que los seres humanos nos hemos construido para vivir en él como tales. Es una visibilidad que se nos proporciona en cifra. Por eso no decimos “ver el mundo”, sino “leer el mundo”. 
Esta ciudad, Tamara, no se muestra al viajero que la contempla de forma directa, sino mediante signos.  En realidad, esta ciudad no la podemos ver, hay que leerla, interpretarla, tanto en lo que representa o significa con sus diversas funciones, como en la manera en que uno debe conducirse o comportarse en ella, como también en el sentido que otorgamos a su existencia ordenada.  La ciudad manifiesta de manera indirecta, a través de sus signos, una ontología, una ética o moral y una religión o metafísica.   
Tamara es como un libro, toda una cultura encerrada en un solo libro. Incluso fuera de la ciudad, del libro, el viajero sigue empeñado en leer aquello que el paisaje natural le ofrece a sus ojos como si fueran también signos textuales de la ciudad-libro, se empeña en otorgar significado y orden al caos que rodea la ciudad, se afana en convertirlo también en cosmos. De este modo, el viajero se siente formar parte de un mundo donde se mezclan de manera confusa y borrosa las sensaciones que estimulan las cosas que están allí fuera y los significados que el propio viajero les otorga a estos estímulos y sensaciones.  Lo que rodea al viajero no es un simple entorno que estimula reacciones instintivas de supervivencia en él, sino un mundo que, en cierto modo, es especular, es un espejo para él, en el que debe re-conocerse y dar y darse sentido. 
El recién nacido y el infante -el que todavía no habla- llegan a un mundo ya edificado, a una morada. Todo está ya funcionalmente dispuesto: los cimientos, la conducción de las aguas, del gas, de la electricidad, los desagües -tan importantes en estos edificios donde se consume tanto y se desperdicia tanto-, los lugares especializados -hogares, oficinas, lugares de espectáculo y entretenimiento, bibliotecas, templos, sedes bancarias, palacios y palacetes... -. Lo importante es que aquellos que vienen al mundo hoy sean acogidos en él, donde todo está, en principio, prácticamente hecho. Figuraos que cada nueva generación tuviera que empezar de nuevo desde las cavernas prehistóricas.  
Nacemos en un mundo de lugares preparados para la acogida, y uno de esos lugares, el primero y esencial, es la familia. Ahí el niño tiene que adquirir competencias fundamentales sin las cuales no puede integrarse en ese edificio cultural; no sólo integrarse en un mundo civilizado y complejo, sino que ni siquiera podría hacerse biológicamente humano. Fijaos, una cosa tan física como el caminar erguido, el niño no puede aprenderlo, como han demostrado los casos de “niños salvajes”, sino es con ayuda de sus congéneres adultos que ya saben andar de pie, que han convertido “el lomo de la fiera” en espalda. 
No digamos el habla. Sin el aprendizaje de una lengua -al principio oral, luego escrita- no tendría acceso real al mundo, que se ha ido edificando sobre todo con palabras, a su lectura. Por eso la lectura se ha convertido hoy en un derecho humano universal, no un simple derecho burgués como alguien dijo hace algunos años. Por eso, en nuestras sociedades modernas, el analfabeto siente vergüenza de serlo, pues se ve como un ser humano incompleto, un ciudadano disminuido y menoscabado en su dignidad con respecto a sus semejantes. 
En realidad, nuestro contacto con el mundo, como han puesto claramente de manifiesto tanto las ciencias neurológicas y psicológicas como las tradiciones espirituales, constituye verdaderamente una lectura, un acoplamiento histórico, procesual, entre el sujeto y el objeto de conocimiento, que no existen como dos instancias del todo separadas, sino que se autorrefieren la una a la otra y se construyen reflexivamente; que, en definitiva, son inseparables. 
Hablamos de tradición cultural, de manera más específica, si nos referimos, de acuerdo con la cita de Lotman, de manera más concreta a los textos y discursos mediacionales que se han pronunciado y se pronuncian acerca de nuestra comprensión del mundo.  La interpretación y actualización de los símbolos con que se formulan las escrituras de herencia y traspaso del edificio cultural que constituye “nuestro mundo” es al mismo tiempo conmemoración y rememoración, que se cumplen en la idea del “monumento”. 
Conviene saber que el fundamento de esos textos es también una lectura. Nuestros sentidos no tocan, oyen, gustan, ven, huelen el mundo en el sentido usual del habla, sino que lo leen. Esto se sabe desde que el mundo es mundo, y no un simple espacio natural de caza o predio para el hombre, sino un lugar que se hace legible y cobra sentido gracias a lo signos, el número y la palabra. El mismo Galileo veía a la Naturaleza como un libro escrito por Dioso que tenía que ser descifrado por la ciencia, interpretado, leído; como la Biblia. De ahí que se haya comparado tantas veces al mundo con un libro. ¿Y qué es la evolución sino el desenrrollar un rollo -eso significa “evolución”-, en definitiva, la lectura y relectura de un libro que se va abriendo y desplegando en el tiempo?  

Por todo ello, la lectura se ha ido convirtiendo en un verdadero ritual de iniciación por el cual las nuevas generaciones acceden al mundo. Un mundo que han recibido y cuidado antes sus padres y que han intentado mejorar, para dejárselo en herencia y para que ellos a su vez se lo apropien y lo mejoren. Un mundo que no es un caos resultante del azar -una selva de asfalto-, sino un cosmos con sentido, una morada humana. 

5/5/14

XLV.- NO VEMOS EL MUNDO, LO LEEMOS (1)



 No vemos el mundo, lo leemos (1) 

Nuestra cultura es un edificio monumental de textos
(YURI LOTMAN)


Nuestra cultura es un edificio monumental de textos. De toda índole: libros, catedrales, periódicos, series televisivas, estadios, anuncios publicitarios, estatuas, oraciones, pinturas, piezas musicales, jaculatorias, fórmulas matemáticas, sermones, mítines, manifiestos, noticias… Incluso lo que todavía no ha llegado a ser texto y emerge sin soporte en el instante efímero, es leído a través de los textos que retiene nuestra retina, resuenan en nuestros oídos, se acumulan en nuestra memoria. 
Los textos se articulan como partes, componentes y materia de un edificio que es nuestra morada. Que es un edificio quiere decir que se ha construido, se ha edificado sobre unos planos, unos cimientos. En nuestra cultura, esos planos, esos cimientos, provienen de materiales mezclados que son judíos, griegos y cristianos. Palabras, escritos, libros -biblia-. Nosotros somos - como dijo Montaigne- “intérpretes de la interpretaciones”. Oteamos el horizonte histórico -como dijo otro sabio- como enanos a hombros de gigantes. 
El edificio es un monumento. Y un monumento se erige para la rememoración y la conmemoración. La lectura y relectura de los textos son el rito y la liturgia que vivifican nuestra memoria, que mantienen vivo y funcional el edificio. Mal hacen los moradores que quieren tenerlo todo siempre manga por hombro, en estos días de permanentes novedades que se consumen en una cada vez más rápida obsolescencia. Vivimos en la “sociedad del tírese después de usado”, como dijo Alvin Toffler, y no me refiero sólo a los objetos. 
Lotman dice “nuestra cultura”. Hay otras culturas, pero la nuestra es la nuestra; y es escrita, está basada sobre todo en los libros. Que los libros se lean en papel o en pantalla, es lo de menos. Se leen; hay que leerlos y hay que saber leerlos para leer el mundo. 
El siguiente texto de Calvino, de sus Ciudades invisibles, expresa de manera magistral esta idea: no vemos el mundo, lo leemos. 

TAMARA
"[...] Finalmente el viaje conduce a la ciudad de Tamara. Uno se adentra en ella por calles llenas de enseñas que sobresalen de las paredes. El ojo no ve cosas sino figuras de cosas que significan otras cosas: las tenazas indican la casa del sacamuelas, el jarro la taberna, la alabardas el cuerpo de guardia, la balanza el herborista. Estatuas y escudos representan leones delfines torres estrellas: signo de que algo - quién sabe qué - tiene por signo un león o delfín o torre o estrella. Otras señales indican lo que está prohibido en un lugar - entrar en el callejón con las carretillas, orinar detrás del quiosco, pescar con caña desde el puente - y lo que es lícito - dar de beber a las cebras, jugar a las bochas, quemar los cadáveres de los parientes - . Desde las puertas de los templos se ven las estatuas de los dioses representados cada uno con sus atributos: la cornucopia, la clepsidra, la medusa, por los cuales el fiel puede reconocerlos y dirigirles las plegarias justas. Si un edificio no tiene ninguna enseña o figura, su forma misma y el lugar que ocupa en el orden de la ciudad bastan para indicar su función: el palacio real, la prisión, la casa de moneda, la escuela pitagórica, el burdel. Incluso las mercancías que los comerciantes exhiben en los mostradores valen no por sí mismas sino como signo de otras cosas: la banda bordada para la frente quiere decir elegancia, el palanquín dorado poder, los volúmenes de Averroes sapiencia, la ajorca para el tobillo voluptuosidad. La mirada recorre las calles como páginas escritas: la ciudad dice todo lo que debes pensar, te hace repetir su discurso, y mientras crees que visitas Tamara, no haces sino registrar los nombres con los cuales se define a sí misma y a todas sus partes. 

Cómo es verdaderamente la ciudad bajo esta apretada envoltura de signos, qué contiene o esconde, el hombre sale de Tamara sin haberlo sabido. Fuera se extiende la tierra vacía hasta el horizonte, se abre el cielo donde corren las nubes. En la forma que el azar y el viento dan a las nubes el hombre se empeña en reconocer figuras: un velero, una mano, un elefante...