8/2/14

XVII Conversos



No hay cuña más efectiva para el árbol que se quiere derribar que aquella que es de su misma madera 
(PROVERBIO)

El escritor inglés Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) se convirtió al cristianismo ya de mayor. En sus ensayos de Ortodoxia (Acantilado, 2013) se compara a sí mismo con un navegante inglés que salió a dar la vuelta al mundo en busca de un lugar apropiado donde vivir y acabó descubriendo... las islas británicas. “Soy ese hombre -dice Chesterton- que, con total osadía, descubrió lo que ya estaba descubierto”.

Me gustan los conversos, especialmente los que van de lo religioso a lo secular y viceversa. Desde su denuncia apasionada, que agudiza el sentirse que han sido engañados, nadie sabe como ellos poner en evidencia las lacras de aquello que han tenido que abandonar. Sus escritos apologéticos rezuman una mezcla del olor emponzoñado de los venenos con el sabor agridulce de los antídotos. Si no se convierten en ridículos y ofendidos agoreros vengativos -que no es el caso de Chesterton-, pueden ser, en lo que atañe a creencias, la fuente más fidedigna de información contrastada. 

7/2/14

XVI Dar de leer


No hay más tratamiento serio y radical que la restauración del aprendizaje del bien leer en la escuela. El cual se logra, no por misteriosas y complicadas reglas técnicas, sino poniendo al escolar en contacto con los mejores profesores de lectura: los buenos libros 
(PEDRO SALINAS).

García Márquez dijo en una ocasión que un curso de enseñanza de la literatura no es otra cosa que un listado de libros que hay que leer. Esto pudiera ser verdad si quienes realizan el curso son ya lectores más o menos competentes en el oficio de leer. Para los aprendices se necesita un poquito de pedagogía; sólo un poquito, el grueso de la competencia del que enseña está formado por el sentido común. 
Antes, en las aulas de enseñanza primaria, bajo la responsabilidad exclusiva de un maestro o maestra, se dedicaba mucho tiempo a “dar de leer”. Esta expresión, “dar de leer”,  quiere decir que la lectura se realizaba en voz alta bajo la tutela directa del maestro o la maestra que al tiempo que servía de modelo iba corrigiendo y regulando sobre la marcha la lectura del alumno. Tengo la impresión de que hoy, una vez se aprenden los primeros pasos de identificar las letras, conocer el significado de un mínimo de palabras usuales y entender más o menos literalmente el sentido de algunos textos sencillos, luego se abandona al alumno y la tutela del desarrollo de la lectura en los niveles que exige nuestra llamada “sociedad de la información”. Ya no se da de leer en las escuelas, cuando esto debería hacerse por lo menos hasta el último curso de la enseñanza secundaria.  
En lo que respecta a la literatura, que es la fuente más importante de una formación general humana, aparte de las competencias específicas para un trabajo o un estudio posterior especializados, la frase de García Márquez cobra otro sentido más interesante. El sentido de que la literatura está para leerla, no para aprender el nombre de los autores, el título de sus libros y las características del movimiento o escuela a la que pertenecen según los críticos y especialistas en esta materia académica. 
La enseñanza de la literatura, entendida en su amplio sentido de formación humanística, debe comenzar muy pronto, poniendo a los alumnos en contacto con los textos más representativos de nuestra tradición cultural y los textos de otras tradiciones o civilizaciones que han adquirido carácter universal. El maestro o maestra, el profesor o profesora que enseñan literatura, vienen a ser entonces como un viajante de tejidos que va enseñando a los clientes las muestras -textil y texto tienen la misma raíz en su significado-. El cliente debe palparlas, por decirlo así, físicamente, pues no sólo tiene que animarse a comprar con su dinero la tela que necesite, sino que además debe ser su propio sastre y hacerse un traje a su medida. ¿Y qué mejor recurso para vocear la mercancía que la lectura en voz alta de estos textos bien seleccionados? Y nadie vende mejor que aquel que está sinceramente convencido de la calidad e importancia de lo que vende y el servicio que presta con ello. Al profesor debe gustarle, apasionarle, lo que lee si quiere que al alumno también le guste. 
El profesor o la profesora deben por ello leer delante de los alumnos y los alumnos deben leer delante del profesor o profesora. No se precisa para ello tener la voz de Luis del Olmo o de Primitivo Rojas; el profesor leerá con su voz, la que tenga, y el alumno con la suya. Basta con leer bien
Nada de manuales de instrucción para leer; se aprende a leer leyendo, pues si las palabras mueven, el ejemplo arrastra. Los profesores deben leer en el aula, en voz alta; deben explicar lo que leen degustándolo, saboreándolo -como sabe hacer mi amiga Beatriz Osés, profesora y escritora-; deben vivir lo que leen. Para eso hay que invertir una tendencia funesta que ha ido adquiriendo cada vez mayor predicamento en las aulas, a lo que empuja, entre otras cosas de la burocracia, el uso de las nuevas tecnologías: la de escribirlo todo. Yo sostengo que el aula no está para escriturar lo oral, sino para oralizar lo escrito; pues el aula no es ni un laboratorio ni un puesto de control burocrático, sino un proceso de traspaso y reconstrucción de una tradición cultural. Con esto quiero decir lo siguiente: el aula es -o debería ser- el medio especialmente acondicionado para la entrega y apropiación de una Tradición Cultural que se manifiesta en textos y discursos escritos y se actualiza mediante la conversación acerca de cómo se interpretan y comprenden esos textos desde el momento en que se vive. El aula es el mecanismo -si se puede decir así- que permite corporizar una memoria secular de manera comprensiva y compartida al mismo tiempo. Mientras lo escrito fija a lo oral, lo oral actualiza a lo escrito, lo hace revivir en el presente. 
La tutela que el profesor hace sobre la lectura del alumno debe tener la doble forma de un ejemplo a seguir y de una conversación compartida y orientada. Casi siempre lo que hacemos es examinar para juzgar, cuando de lo que se trata es de corregir para comprender. Esto último es lo que el profesor tiene que hacer, sobre la marcha de la lectura, en la inmediatez de la lectura en voz alta, durante muchos años. Y en ese transcurrir de la lectura saboreada, el profesor va corrigiendo, preguntando, modelando, regulando, orientando. 

Pero aquí nos surge esta pregunta: ¿hay condiciones en las aulas para ejercer esa tutela propia del aprendizaje de cualquier oficio? Pues para eso se necesita un aprendiz atento y silencioso, metido en faena, obediente al texto y a las correcciones, en fin, dispuesto a aprender, o sea, a obedecer. Y el profesor, por su parte, necesita maestría en el oficio, tiempo y espacio y libertad y autonomía para ejercerlo. Ahí es nada. 

5/2/14

XV LA MÁQUINA (II)




La Máquina se presenta con la figura prestigiosa de lo tecnológico, se rodea de profesionales, especialistas, expertos; y no admite que las manos del humano común se metan en su complicado funcionamiento. No sólo los aparatos sofisticados de la última tecnología son Cajas Negras inaccesibles, sino que toda la organización institucional y administrativa de nuestra sociedad se van volviendo cada vez más autónomas y opacas. 
La autonomía de la Máquina es el resultado de la absorción de la autonomía –plusvalía de poder- que corresponde a los protagonistas y actores que producen el poder institucional, pero se sienten enajenados de él: los padres y los hijos, los profesores y los alumnos, los enfermos y los médicos, los ciudadanos y los políticos… Todos funcionan como piezas al servicio de la Máquina y no como personas que se sirven y cuidan mutuamente en los lugares de acogida; todos ceden su autonomía personal a la autonomía mecánica de la Máquina que, a través de la burocracia de la sociedad administrada, impone la corrección de lo que hay que hacer en cada momento. 
La Máquina lo tritura todo, lo hace papilla y lo recicla permanentemente: el vidrio donde se contienen las ideas y el papel y las pantallas que las transmiten; las palabras que se llenan y vacían al momento y el soporte donde se escribe y se lee y luego se tira a la papelera, real o virtual, de manera continua; los signos y los símbolos que se funden y refunden permanentemente en código digital en la red en nuevos significados acordes con sus propias necesidades. La Máquina lo controla todo y su aspiración máxima es invadir y controlar también las conciencias. 
Gramsci, en esa ambigua relación que siempre mantuvo con el industrialismo, puso cierta ingenua esperanza en el “nuevo humanismo” -contagiado por la lucha de clases- que traería la evolución científica y técnica, frente al humanismo tradicional. Por un lado, lo saludaba como el mayor esfuerzo colectivo efectuado históricamente para la creación, forzada, de un nuevo hombre que superara la separación de trabajadores manuales e intelectuales; por otro, temía que una coerción brutal convirtiera a ese nuevo hombre en un simple engranaje mecánico. Creyó que podría evitarse la brutalidad de la coerción y se realizaría una síntesis entre historia y máquina. Ni la experiencia del socialismo real de los países comunistas, ni el desarrollo del capitalismo en sus dos versiones de socialdemocracia y liberalismo nos permite abrigar hoy el optimismo de Gramsci. La Máquina ha impuesto su propia autonomía y coerción, su asfixiante clima que lo invade todo: las relaciones económicas, las decisiones políticas, los estados de opinión y hasta el mismo pensamiento y las conciencias. 
Una doble tarea nos llama: una negativa y otra positiva. La negativa consiste simplemente en negarse a colaborar con la Máquina.  En realidad, la Máquina se refuta a sí misma, pues depende para su funcionamiento de todos y cada uno de nosotros. La Máquina, como las máquinas de “La guerra de los mundos” de Orwell, funcionan con energía humana; si esta deja de suministrarse, la Máquina se para. No se trata de luchar contra la Máquina para destruirla, como hacían los luditas, pues la Máquina se parece a una dínamo y funciona precisamente en base a la confrontación permanente de dos polos opuestos. Pero es la fuerza del pedaleo del ciclista la que hace que la dínamo se mueva y proporcione la corriente de energía. Basta con dejar de pedalear para que la bicicleta se pare. 

La tarea positiva consiste en convertir los no-lugares que están al servicio de la Máquina en lugares de acogida al servicio del ser humano. Se trata de invertir la tarea de deshumanización de la Máquina con nuestra tarea de humanización en cada lugar donde a uno le corresponde servir y así ser servido: familias, hospitales, escuelas, ciudades, iglesias, parlamentos, palacios de justicia, empresas, bancos… En cada uno de los lugares que nuestra cultura ha instituido para el intercambio humano, nuestra tarea es devolverle su sentido originario y tradicional como lugar de acogida en donde los seres humanos se cuidan los unos a los otros. ¿Podemos realizar esa tarea sin que nuestra propia conciencia se transforme en un lugar de acogida?

4/2/14

XIV LA MÁQUINA (I)



La mecanización y la regimentación no constituyen nuevos fenómenos en la historia; lo nuevo es el hecho de que estas funciones hayan sido proyectadas e incorporadas en formas organizadas que dominan cada aspecto de nuestra existencia. Otras civilizaciones alcanzaron un alto grado de aprovechamiento técnico sin ser, por lo visto, profundamente influidas por los métodos objetivos de la técnica (…) Tenían máquinas, pero no desarrollaron “la máquina” .
(LEWIS MUMFORD)



No sé si el lector ha visto la película de Kubrick 2001 Odisea del espacio. Yo la he visto más de una vez, la última recientemente. Y viendo la película pensaba que tal vez se equivocara Kubrick en los cálculos que hizo sobre la conquista del espacio por la tecnología humana a comienzos del tercer milenio, pero hay otras muchas cosas en las que su película ha resultado verdaderamente profética. Me impresiona sobre todo esa inquietante escena en la que la computadora toma el mando de la nave con voz melosa y persuasiva.  
Y me ha venido esta vez a la memoria la también profética frase de Horkheimer: El individuo consideró en otro tiempo la razón exclusivamente como un instrumento del yo. Ahora experimenta el reverso de su autodeificación. La máquina ha prescindido del piloto; camina ciegamente por el espacio a toda velocidad.
La Máquina es el resultado de la progresiva coordinación y ensamblaje de cuatro piezas fundamentales del poder que hasta hace muy poco actuaban relativamente separadas y a veces enfrentadas entre sí: la política, la economía, la tecnología y la cultura – hoy transformada en industria cultural y propaganda-. Fueron los regímenes totalitarios del pasado siglo los que dieron a luz la Máquina, y han sido las cansadas democracias capitalistas las que la han ido adoptando, al tiempo que refinaban sus mecanismos y le daban una apariencia menos dura y más persuasiva. 
Representemos a la Máquina mediante la figura de Escher de más arriba. Se trata de una especie de dragón, mezcla de serpiente, murciélago y pájaro. Las dos patas de este extraño bicho, pescadilla monstruosa que se muerde la cola, son las de la propaganda, asentadas disimuladamente en noticias, discursos, eventos televisivos, libros y promoción de firmas, en competencia siempre. Las dos alas son las de la política: en dos ha de apoyarse el pájaro para volar, una a la derecha, saducea, otra a la izquierda, farisaica, y han de agitarse permanentemente para mantener el vuelo. Los ojos de fuego representan la tecnología, Gran Hermano que todo lo ve, derivada de una “ciencia sin conciencia” -como dice Edgar Morin-. Y la economía es esa boca depredadora con la que la Máquina acabará, como estamos viendo, devorándose a sí misma. 

Para poder volar, el pájaro-máquina necesita apoyarse en el aire. Un aire compuesto no de oxígeno y nitrógeno, sino de ilusión y miedo. Ilusión por conseguir lo que no se tiene; miedo a perderlo o no poderlo conseguir. La propaganda agita continuamente ese aire para que adquiera la presencia que no tiene, pues no es nada más que eso: aire.
La influencia de la Máquina se manifiesta en todos aquellos espacios e instituciones que nuestra tradición cultural ha ido construyendo para dar acogida a la consustancial indefensión, contingencia y ambigüedad del ser humano. Se hace evidente, en primer lugar, en la acelerada disolución de las estructuras orgánicas de acogida, formación e intercambio de flujos fundamentales y directos de convivencia: la familia, el trabajo, la política, la religión; todo ello influido a su vez por las nuevas herramientas técnicas. Esta disolución proviene de una mentalidad ampliamente compartida que afirma de manera acrítica e irracional que todo lo tradicional debe ser combatido y abolido. No nos damos cuenta hasta qué punto lo que se nos propone es una especie de suicidio colectivo por el que arrojamos por el desagüe al niño mientras dejamos el agua sucia del baño.