13/8/16

LA CAJA NEGRA: UN MODELO DE ESCUELA Y SU GRAMÁTICA (II)




Intentemos el siguiente ejercicio de imaginación. Pongámonos delante de una Escuela cualquiera con la extrañeza de quien la ve por vez primera y no sabe de antemano qué es aquello que ve. A primera vista, hay ahí un recinto rodeado por una verja, un edificio en el interior del recinto y allí, dentro del edificio, una serie de habitáculos que todavía no vemos. Nos parecerá este edificio una especie de castillo rodeado por el típico foso que separa el edificio de las afueras, el espacio reservado para lo que algunos pedagogos modernos han llamado “segmento de ocio” y que el vulgo conoce como el patio de recreo. Además de este foso, el edificio tiene otros muros y defensas, como castillo que es, sus celdas y sus torreones, sus aposentos para el señor del castillo y los nobles que le sirven, su sala para las asambleas, las dependencias donde se guardan los legajos y las armas, las aulas, que ahora se van llenando de ordenadores, de pizarras digitales, de los smarphones que ya llevan los muchachos de todas las edades en sus sobrecargadas mochilas… Cajas Negras dentro de Cajas Negras, como si toda la Escuela fuera como una de esas muñecas rusas que se parecen a una cebolla: nuestros ojos ven, desde su extrañeza forastera, lo que entra y sale de las cajas, pero no saben nada de la mecánica interna que las pone en marcha y las hace funcionar. 
Nuestra intención es, sin embargo, ir penetrando poco a poco en la gran Caja Negra que es todo esto que vemos ahora por fuera en busca de su oscuro misterio interior, de su gramática, al tiempo que vamos deshojando las sucesivas capas que constituyen su envoltorio de envoltorios. Y ya adelanto lo siguiente: que cada vez que quitemos una capa, nos encontraremos con otra capa igual de la misma cebolla, del mismo modelo; es decir, cada vez que se destape o desarme una Caja Negra, aparecerá indefectiblemente otra Caja Negra que sustenta a la que ha sido destapada, con entradas y salidas de un proceso oculto, inexistente formalmente hablando, en el fondo de la caja.
La última capa que debería ser destapada y que es en realidad la primera que da sostén a toda la organización de la Caja Negra es la de los muchachos y muchachas que vemos entrar y salir atravesando la verja que rodea el edificio: son las entradas y salidas en principio más visibles de la gran Caja Negra del edificio escolar. Se da por sentado que todo cuanto se programa para ser enseñado allí dentro, las entradas que son también los conocimientos y saberes que conforman los currículos, penetrará sin más en las cabezas de todos ellos, pues así ha sido estipulado según la ley que reconoce ese derecho. Pero penetre o no en sus cabezas, el problema está en qué hace cada muchacho o muchacha con aquello que le inyectamos y que continuamente se le pide que expulsen fuera para comprobar cuánto les queda dentro, aunque sea por un momento, mediante exámenes, exámenes y exámenes: que no es sangre lo que extraen, sino una sopa de grumos.
Poca coincidencia suele haber entre entradas y salidas, y aún si las hay, tampoco esto nos dice en realidad nada sobre el trajín interior a que ha sido sometida la enseñanza recibida. Y esto es justamente lo que se nos escapa en el fondo de la Caja Negra y justamente lo que debería justificar en última instancia la existencia de esta institución, la Escuela, a saber: que los aprendices hacen algo con aquellas informaciones que reciben y la convierten en carne de su carne y sangre de su sangre, es decir, se forman, de manera que cuando salgan por la verja del castillo después de tantas y tantas idas y venidas con un título debajo del brazo sean mejor persona, en toda la extensión de la palabra, que eran cuando entraron por vez primera en el edificio.

Esta es, en apretada síntesis, la tesis que vamos a mantener en estas reflexiones sobre la Escuela. Debajo de cada capa de la estructura del modelo educativo que tenemos, no hay sino otra capa formalmente estructurada, de manera que un observador no encontrará nada sustancial que contengan las capas de la cebolla, sino siempre cebolla y nada más que cebolla, que hará llorar nuestros ojos, extrañados de ver que lo que ven, es decir, lo que no ven.

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