9/5/16

CORRUPCIÓN


El domingo pasado volví a ver la película sobre Hannah Arendt, dirigida por Margarethe von Trotta y protagonizada por Barbara Sukowa, estrenada en 2013. El argumento se centra en el período biográfico en que la filósofa alemana ejerce como periodista que cubre el juicio del nazi Adolf Eichmann por encargo del The New Yorker Como película es interesante y merece la pena verla, pero hay que leer el informe de Arendt —Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal— para entender la profundidad y los matices de sus tesis sobre el tema. La película me animó a escribir estas reflexiones que relacionan sus tesis con la actualidad.  
“El sueño de la razón produce monstruos”, decía uno de nuestros más ilustres ilustrados, Francisco Goya. Así es. Y lo terrible es que puede producir monstruos de apariencia normal y racional, androides sin conciencia que apenas se distinguen de aquellos que consideramos propiamente humanos. El informe de Arendt sobre Eichmann fue y es un aldabonazo a la conciencia de la racionalidad moderna, de la que tan orgullosos nos sentimos; era lógico que suscitara toda clase de reticencias y reacciones controvertidas en las que no vamos a entrar. 
Arendt describe a Eichmann como un hombre normal impregnado de un sentido del orden y la obediencia al servicio de una ideología y un poder. Un burócrata, uno de tantos, disciplinado, aplicado; y ambicioso, pues la burocracia es también poder, sobre todo en un Estado totalitario. Eichman obedecía al Führer, no a su conciencia. No era ningún demonio, pero como yo entiendo lo que puede llegar a ser una ideología, se puede decir que estaba endemoniado. 
La banalidad es el nuevo rostro que el mal está adquiriendo también entre nosotros. El rostro del ciudadano normal que ha perdido su rostro, su dimensión más humana; un individuo totalmente alienado que ha dejado de ser persona. 
Quiero resaltar algo que me parece relevante hoy: la insistencia de Arendt en que el juicio se planteó más como un espectáculo propagandístico para el Estado de Israel, recién nacido, que como un medio de hacerle justicia a las víctimas del holocausto. El presidente del tribunal, Moshe Landau, no pudo evitar que el juicio se convirtiera “en una representación dramática” para la audiencia—como vemos que ocurre hoy con todos los juicios—. La finalidad del juicio era, dice Arendt, “la actuación de Eichmann, no los sufrimientos de los judíos, no el pueblo alemán, ni tampoco el género humano, si siquiera el antisemitismo o el racismo”.  
Este uso instrumental de la razón, por parte de la política y el poder de los medios, de las palabras que hablan de valores, de moral de justicia, ¿no está hoy presente? ¿No vemos como ocupan el noticiero personajes que, sin ser nazis como Eichman, parecen haber renunciado a pensar y a usar su razón más allá de sus intereses personales o particulares inmediatos? ¿No tienen corrompida su razón? Pues la corrupción del dinero, con ser detestable, es la menos grave; la peor de todas es la corrupción de las conciencias, de la que nadie habla.  
Porque, ¿qué significa corrupción? Significa disgregación, separación: aquello que ha dejado de conformar una unidad orgánica viva, como el cuerpo, que al morir se corrompe y se vuelve polvo, se disgrega en partes que se ignoran unas a las otras, como lo que la boca dice nada quiere saber de lo que la voluntad desea realizar. 
Auschwitz no fue el resultado de una locura pasajera, sino la consecuencia lógica de una manera de leer el mundo, de una forma de pensar y razonar que convierte a los hombres en medios y no en fines en sí mismos. 
¿Puede volver aquella barbarie? Todo lo que ha ocurrido puede volver a ocurrir, pues el hombre no escarmienta nunca en cabeza ajena.  ¿No vivimos hoy en una especie de totalitarismo de rostro benévolo, en esta conjunción ergonómica de poder político, económico, mediático y técnico que el Leviatán, hoy convertido en Máquina, propicia? ¿No se convierte lo abyecto en las noticias diarias en algo rutinario y banal? 

El cerrado sistema social que engendró el totalitarismo nazi, la sustracción total de la libertad en virtud de la manipulación constante por el poder de todos los medios a su alcance y una implacable e incesante propaganda, trajo consigo el sofocamiento y endurecimiento de las conciencias de una mayoría. Cuando una ideología se impone de manera totalitaria, aunque ahora no se lleve a cabo por procedimientos tan burdos y terribles como los que se practicaron en la Alemania nazi, ¿no supone la alienación total del ser humano, la obnubilación total de su conciencia, su ceguera para distinguir el bien del mal? ¿No corremos el peligro hoy de convertir también el bien —los derechos, la justicia, la educación, la salud…— en algo banal que se debate con tanta ligereza como saña, en permanente campaña electoral, con un discurso propagandístico repetido dirigido sólo a arañar votos en la lucha por el poder?

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