30/3/16

Progreso




¿Cómo se configura en la mentalidad colectiva condicionante y condicionada de nuestra sobremodernidad esa imagen del hombre, tan repetida, como un ser en camino
Se suele definir por lo general al hombre como “animal racional”. Y a partir de la ilustración, la razón, por sus espectaculares conquistas en el terreno de la ciencia y la  técnica, adquirió la patente de una guía segura frente a una tradición de índole principalmente religiosa, a la que se consideró sustancialmente como un conjunto de supersticiones y piadosas historias de consolación. Se pensó que gracias a las conquistas de la razón el hombre no sólo se dotaba de herramientas materiales cada vez más sofisticadas y potentes para conquistar la naturaleza, sino que se instauraría la paz en el mundo mediante leyes más justas y una organización  social más racional; el hombre dejaría de ser un lobo para el hombre y se haría por fin dueño de un feliz destino. Esta es la base del llamado “progresismo”, que sigue empeñado en negar el rotundo fracaso de la ilustración contra la evidencia de las barbaries del recién pasado siglo XX, quizá las más irracionales e inhumanas de toda la historia. Un progresismo que consecuentemente está infectado de antitradicionalismo, pues la base de su mito proclama que hoy es siempre mejor que ayer y peor que mañana. 
El progreso auspiciado por la razón le parecía algo incuestionable a los hombres de la primera época de la modernidad; pero la ilustración —dicen Horkheimer y Adorno entre otros— ha acabado convirtiéndose ella misma en un mito. Lo que resulta chocante y pone de manifiesto la pertinaz irracionalidad humana es que esto no se sepa ver todavía hoy de manera generalizada, cuando ya en el comienzo mismo de la modernidad se ponía de manifiesto la flagrante contradicción entre las buenas intenciones de quienes abrazaban esta nueva fe —pues lo que pretendían en realidad, como lo hizo saber de manera palpable el positivismo de Auguste Comte , era en realidad cambiar una religión por otra— y la realidad misma de los hechos históricos que las negaban. En efecto: por las mismas fechas en que Enmanuel Kant publicaba su libro Sobre la paz perpetua (1795), en donde proponía un orden jurídico racional que evitaría para siempre la guerra, en París funcionaba a destajo la guillotina, pues no sólo se cortaban las cabezas de la familia real y de la nobleza, sino que los revolucionarios le habían cogido el gusto a eso de cortar cabezas y estas rodaban en multitud incluso entre los mismos revolucionarios. A partir de aquí, la guillotina —que algunos trasnochados ignorantes reclaman hoy de nuevo por esta Hesperia cainista— no ha dejado de funcionar como tal de mil y una maneras revolución tras revolución, guerra tras guerra, y atentado terrorista tras atentado. Y en ello estamos, en “la paz perpetua”.
Por todo lo cual entiendo que el progresismo, que con tan poco sentido crítico hoy tantos defienden como un nuevo dogma del fundamentalismo laicista, es una superstición en toda regla, muy rentable en manos del poder actual, en el que el Leviathan ha adquirido la forma de una Gran Máquina económico-político-mediática
Lo que a mí me dice la razón y el sentido común es lo siguiente:  si alguien que eligió un camino en una encrucijada —de esas que la historia pone delante del hombre una y otra vez precisamente por ser libre— y andando andando por ese camino llega un momento en que se da cuenta de que se ha equivocado y que por ahí no va a ninguna parte, ¿qué debería hacer? ¿Seguir empecinado por el mismo camino arriesgándose de alejarse cada vez más de una mejor elección, o aún peor, a caer quizá en el abismo? ¿No sería lo más racional parar un momento —¿no es a esto a lo que nos invita la crisis en que estamos metidos?—, volver sobre los pasos de nuevo a la encrucijada en que nos perdimos y pensar mejor qué camino es más conveniente a nuestra salud como sociedad, incluso como especie, y a la de cada uno como individuo y persona? 
Estamos en un momento crucial; tal vez lo estemos siempre. El desmoronamiento de un mundo heredado y aceptado por costumbre, que de hecho funcionaba como entorno predeterminado y nos libraba de tener qué preguntarnos por el camino a tomar en nuestra vida, nos deja hoy abandonados en medio de la encrucijada, a la intemperie. Fiados a una promesa, como Abraham, padre de todas nuestras encrucijadas y nuestros exilios, con la particularidad de que esta promesa ahora no ha sido pronunciada y si lo ha sido no es oída, por lo que  el exiliado está hoy además desorientado y perdido. 

¿Cómo emprender entonces solos el camino de nuestro exilio? ¿De donde debemos y al mismo tiempo no podemos evitar partir? Tenemos que volver nuestra vista hacia aquellos que mal que bien ya hicieron su camino y reflexionaron sobre su itinerario; tenemos que basarnos en testimonios a los que hemos arrebatado su autoridad y confiarnos a relatos de experiencias que no cesamos de poner en duda. Con nuestra experiencia propia no nos basta, pues una sola vida es muy poca cosa para aprender de la vida; forzosamente hemos de acudir a los otros, a lo que nos cuentan, y convertirlos inevitablemente en guías y maestros y a sus palabras tomarlas como señales, mapas, sextantes y brújulas que siendo de otros tiempos tienen que servir para el viaje en el nuestro. Para ello se necesitan criterios fiables que sólo pueden proporcionar la tradición, la autoridad y la educación, las tres patas en que se asienta toda civilización y que aquí hemos roto irresponsablemente. Una tradición viva que sea algo más que tradicionalismo embalsamado, una autoridad que sirva efectivamente para levantarnos y no se confunda con un poder que suavemente nos aplasta cada día más y una educación que vaya más allá de una escolarización formal y una instrucción funcional al servicio de la movilización total para ser explotados por La Máquina en las trincheras del mercado, la política y la propaganda. 

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