27/9/14

LXXXV.- EL NUEVO PAISAJE (2)


El nuevo paisaje (2)
(Ver post 15)


II

Resalta la autonomía de “la Máquina” frente a la falta de autonomía del maquinista, hasta tal punto que es ella la que controla el desarrollo y evolución de los acontecimientos, mientras todos, con distintas funciones, la sirven como esclavos, completamente alienados.  Esta autonomía es el resultado del proceso de instrumentalización a que ha sido sometida la razón, que ha perdido totalmente la función crítica que en principio le atribuyó la Ilustración, y ahora sirve a intereses particulares de conservación. 
 En esta situación creada por la Máquina se hace dolorosamente difícil si no imposible no sólo la tarea educativa y su proyección futura en un mejor ser humano, sino el propio vivir nuestro presente de una manera digna y con sentido, es decir, de una manera humana ejemplar que sirva de referente incontrovertible a las generaciones que habrán de sucedernos.
Para que la educación pueda realizarse -y en todos los lugares y ocasiones de la vida pueda luego seguir realizándose, pues nunca termina uno de educarse- hay que cercar un espacio y un tiempo que no sea selva para la depredación, ni predio para la explotación, ni un circo para el entretenimiento, sino huerto y jardín para la contemplación y el cuidado. Esta es, entiendo yo, la morada propia y natural del hombre, el lugar donde puede adquirir y desarrollar de la mejor manera su humanidad. Tanto la familia como la escuela, sin embargo, se encuentran hoy insertas en el paisaje cultural de un tiempo y un espacio que no sólo no responden a esas condiciones y exigencias de humanización, sino que me atrevería a decir que propician todo lo contrario. La crisis no es sino el reflejo de ese paisaje cultural de humanización, es decir, la crisis de una determinada forma de vivir que tiende a la deshumanización, una forma de vivir que es contra natura. El ritmo, la prisa impuesta por el ecosistema artificial mecánico de la Máquina, impide la contemplación, impide, en realidad, toda pedagogía, dificulta toda la tarea educativa de la tribu. Si uno va conduciendo un coche a gran velocidad, no puede dedicarse a contemplar el paisaje ni a pensarse a sí mismo. La cuestión está hoy en que vamos conduciendo un coche que corre a muchos kilómetros por hora; mejor dicho, vamos subidos en un enorme tren automático que nos conduce a una velocidad y a un ritmo que no son propios del ser humano.  

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