26/9/14

LXXXIV.- EL NUEVO PAISAJE (1)

 El nuevo paisaje   (1)
(ver Post XV)


I

¿En qué paisaje o ecosistema se encuentran insertas las instituciones o lugares de acogida que, como la escuela o la familia, deben realizar la tarea de la transmisión cultural y la educación? La transmisión, cuidado y desarrollo de las funciones de acogida en los lugares culturales heredados de nuestra tradición se lleva a cabo hoy en un nuevo paisaje, un “ecosistema artificial”, controlado por una Máquina que el propio ser humano no controla. Una Máquina creada por el ser humano que ha olvidado las necesidades humanas primordiales de espacios, tiempos y relaciones, que ahora son ajustadas a la medida de su autonomía. Esta Máquina ha conformado un nuevo paisaje o ecosistema artificial en el que los lugares de acogida se han ido transformando en no-lugares -Marc Augé-, en espacios inhumanos, en mecanismos al servicio de la Máquina. Un hospital, una escuela, incluso una familia, se parecen cada vez más a una estación terminal, donde todo está automatizado en tiempos y espacios predeterminados y donde el contacto humano se reduce al mínimo que exige el funcionamiento del no-lugar –unas pocas palabras en inglés en donde el lenguaje manifiesta únicamente su función apelativa de orden o prohibición-. En vez de morada, un lugar de paso; en vez de lugar de acogida, espacio de recogida.
La educación, en este paisaje donde se encuentran insertas las instituciones de acogida, aparece infectada de la enfermedad del nihilismo –o su versión vulgarizada y pervertida de la mentalidad postmoderna-. Porque el nihilismo, dirigido a la destrucción sistemática de todo valor, deja a la educación sin suelo en que apoyarse. ¿Por qué? Pues porque al fin y al cabo la educación es por encima de todo la formación de una voluntad, de una libre y responsable capacidad para elegir aquello que comprendemos y valoramos. Y puesto que se han destruido también las relaciones humanas a las que antes me he referido, gratuitas y desinteresadas, es decir, aquellas que tienen valor en sí mismas, que no son simplemente un medio de conservar u obtener beneficios personales, la relación educativa pierde también su verdadero sentido de encuentro entre personas concretas. 
El ser humano se ha separado radicalmente de la naturaleza, a la que ha convertido en objeto de explotación olvidando que es también naturaleza. Hasta tal punto que ha llegado a objetivar también su propia conciencia, su interior, en una completa alienación que nos escinde a cada individuo en dos: el depredador y la presa. Es esta escisión la que proyecta en la Máquina, a la vez que la Máquina refuerza la alienación en una especie de círculo de retroalimentación mutua. Así proporcionamos a la Máquina, como las máquinas de La guerra de los Mundos de Orwell, la energía con la que nos destruye. 

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