18/9/14

LXXXIII.- Reflexiones de un mono enjaulado (3)

LXXXIII
Reflexiones de un mono enjaulado (3)

¿Cuál es el pensamiento correcto? ¿Cómo debemos usar nuestra razón los humanos del siglo XXI? ¿Cómo nos representamos nuestra humanidad, propia y ajena? ¿Con qué grado de excelencia y perfección?
Hay una escena en la película de Liliana Cavani, Portero de noche -otro “lío en la sábana”- en la que un oficial nazi (Dirk Bogarde) filma con su cámara a los judíos, desnudos, maltratados, rebajados hasta la ignominia. Los judíos de ambos sexos no son considerados como sujetos humanos, como personas, sino como objetos manipulables, usables, etiquetables, medibles, experimentables, eliminables.  El oficial que filma no es un médico, y no lo es sólo porque el partido lo haya nombrado médico sin serlo, sino porque no está allí para curar, sino para experimentar, investigar en la masa informe de los objetos que han puesto a su disposición.  Los judíos son como los monos de Köhler, como Sultán. 
Esta escena de película ilustra muy bien toda la perversión en que ha incurrido nuestro mundo, modernísimo, laico y racional, que ha producido –y sigue produciendo- los hechos más ignominiosos de toda la historia de la humanidad. Es lo que está en el fondo de estas palabras de Adorno: La exigencia de que Auschwitz no se repita es la primera de todas en la educación.
La parte inocente del alma humana es aquella que dice: ¿Por qué se me hace daño?, un grito que resuena a lo largo de toda la historia del hombre. Un grito que nace de la doble injusticia de los hombres y de los dioses, pues sale de ese fondo de “nostalgia por lo absoluto”, como la llama George Steiner, que el ser humano padece como un mal congénito. Un grito que nace de la conciencia de exiliados de nuestra propia morada, esa que los niños, en su inocencia y su imaginación, viven (si los dejamos), la verdadera patria del hombre como dijeron Wordsworth y Rilke. Si la educación no sabe, o no puede, o no quiere conectar con esa parte inocente, se pervierte en adoctrinamiento maquinal, en un experimento de la Máquina y para la Máquina, en la pedagogía del mismo Herodes, como diría Machado-Mairena. Es este el hondo sentido que le doy a lo apócrifo, a la excelencia como guía de la tarea educativa. Por eso, no creo que a la hora de transmitir la tradición cultural que nos toca dejar en herencia a las nuevas generaciones, existan dos culturas en paridad, como decía Snow, sino una sola cultura en la que las cosas de la técnica, lo instrumental, deben subordinarse a las cosas del espíritu. Y con ello no quiero decir que tengan que ponerse límites al desarrollo de la razón y de la investigación científica que no sean los que impone la ética. Lo que se olvida con demasiada facilidad es que el conocimiento es una cosa y su uso es otra. La educación no sólo debe tener en cuenta que se trata de dos niveles diferentes, sino también su orden de prioridades. De forma general, el uso del conocimiento ha de estar siempre sometido a los dictámenes de la ética; y en el caso particular de la educación y la enseñanza, el uso debe estar orientado por criterios referidos a la formación humana y no por criterios de su relevancia técnica. En este sentido, entender un soneto de Shakespeare –por poner el mismo ejemplo de Snow- es más esencial, en cuanto a la formación humana, que comprender las leyes de la Termodinámica. ¿Podemos, a pesar de nuestro cansancio y decrepitud, como dice Steiner, abrir una vía de retorno a ese desempeño humanístico de primer orden que es “eternizar al hombre” concreto, aquello que cada cual lleva genuinamente en su interior? ¿Es posible todavía ese milagro?


No hay comentarios: