15/9/14

LXXXII.- REFLEXIONES DE UN MONO ENJAULADO (2)

LXXXII
REFLEXIONES DE UN MONO ENJAULADO (2)

El que tome como referencia a unos animales no debe entenderse bajo ningún concepto como una alusión a la degradación progresiva que presentan las conductas de los niños y jóvenes de ambos sexos en nuestras aulas, de las que ellos en modo alguno son culpables, sino que pretende situar mis reflexiones en el origen mismo del problema educativo, que es la indeterminación del “ánima” de un ser humano, un ser que ha de ser por fuerza educado si quiere llegar a serlo realmente. El ser humano es una potencialidad, no una realidad. Y la llamada a su plena realización se lleva a cabo precisamente desde su parte más genuina e inocente, si podemos llamarla así, que es el “ánima”. Desde su animalidad constitutiva y pura, y no, como generalmente se hace ahora, desde su parte mental, más concretamente, desde esa parte mental de carácter instrumental que se pone siempre al servicio de los intereses del ego, tanto en su forma individual como colectiva. Las relaciones que se establecen –con las cosas, con los hombres, con lo Absoluto- no sólo producen una cosificación en los objetos de relación -que no se ven como objetos de cuidado, sino como piezas de depredación-, sino que las propias relaciones se vuelven funcionales, de manera que hasta el mismo Dios puede convertirse en un objeto funcional religiosamente al servicio de intereses egotistas.  
Este uso instrumental de la mente humana, separada del todo y aguzada por una formación excesivamente orientada a la especialización académica o laboral, es estimulada por un contexto, el actual, de una absurda competitividad contradictoriamente basada en el igualitarismo. Es la competitividad propia de la selva, donde la única jerarquía que se impone es la del más fuerte y la única ley la de la supervivencia. Hoy se olvida intencionadamente -porque recordar es esencialmente recordarnos a nosotros mismos como seres genuinos y libres-, que toda jerarquía cultural se instituye precisamente para proteger a un tiempo la cultura y nuestra libertad; otra cosa es que luego algunos la usen para su propio beneficio. Y es precisamente ese interés egoísta, teñido de resentimiento, el que alimentan en el fondo las tesis igualitaristas en la educación.  
El igualitarismo produce un contexto que se parece más al de la supervivencia en las hordas primitivas que al de una convivencia civilizada. Que todos somos iguales viene a decir que todos somos objetos de depredación, bien para el mercado, para la política, para la propaganda, para la razón instrumental, que puede convertir a un ser humano en una cobaya, de la misma manera que se hace con los animales del laboratorio, pues, como dijo Horkheimer, la lógica que justifica la explotación de la naturaleza es la misma que justifica la explotación del hombre por el hombre. Desde esta situación de explotación nos mira Sultán, el mono del que nos habla Coetzzee en Las vidas de los animales, un animal que nos interroga a nosotros, los humanos, no ya por nuestra humanidad, de la que hoy apenas vamos dejando rastro en ningún lugar, sino por la animalidad que compartimos con él, más allá de la cual está el monstruo. Y son su inocencia e indefensión, tan próximas a los niños, las que hacen del texto de Coetzzee todo un manifiesto. 
Se trata de los experimentos que el etólogo Wolfang Köhler llevó a cabo en Tenerife sobre la inteligencia de los monos.  Coetzee los recrea con otra mirada distinta, más humana, poniéndose en lugar del otro.  Admito que la cita es larga; pero muy sustanciosa, pues en pocas palabras define muy bien qué es eso de la Razón Instrumental. Y da qué pensar.

LOS PENSAMIENTOS DE SULTÁN 


Sultán está a solas en su jaula. Tiene hambre: el suministro de alimentos, que antes le llegaba con regularidad, ahora se ha cortado de forma inexplicable. El hombre que antes le alimentaba y que ahora ha dejado de hacerlo tiende un alambre sobre la jaula, a tres metros del suelo, y cuelga allí un racimo de plátanos. Introduce en la jaula tres cajones de madera. Desaparece y cierra la puerta, aunque debe de rondar por los alrededores, ya que su olor está presente. 
Sultán sabe que ahora debe pensar. Es lo que se espera de él. Para eso están ahí los plátanos. Los plátanos tienen por objeto hacerle pensar, acicatearle hasta los límites de su capacidad de pensamiento. Ya, pero ¿qué es lo que uno ha de pensar?  Y piensa, por ejemplo: ¿Por qué me quiere matar de hambre? Piensa: ¿Qué he hecho? ¿Por qué he dejado de agradarle? Piensa: ¿Por qué ya no quiere esos cajones? Sin embargo, ninguno de estos pensamientos es el correcto. Ni siquiera es correcto un pensamiento bastante más complejo; por ejemplo: ¿Qué es lo que le pasa, qué idea desacertada se ha hecho de mí que le lleva a pensar que me resultará más fácil alcanzar un plátano que cuelga de un alambre, y no un plátano que deje en el suelo? El pensamiento correcto es otro: ¿Cómo se utilizan los cajones para alcanzar los plátanos? 
Sultán arrastra los cajones hasta ponerlos debajo de los plátanos, los apila uno encima de otro, sube a la torre que ha construido y coge los plátanos. Piensa: ¿Ahora dejará de castigarme?  La respuesta es: No. […] Pasará hambre hasta que los aguijonazos sean tan intensos, tan insufribles que se vea obligado a formular el pensamiento adecuado: a saber, cómo conseguir los plátanos. Esta es la comprobación límite de la capacidad mental del chimpancé. […]
En cada nueva ocasión, Sultán se ve obligado a formular el pensamiento menos interesante. De la pureza de la especulación (¿Por qué se comportan los hombres así?) se ve implacablemente impulsado hacia un raciocinio inferior, práctico, meramente instrumental (¿Cómo se utiliza esto para conseguir aquello?), y también a una aceptación de sí mismo en cuanto organismo primario cuyos apetitos necesita satisfacer. Si bien la totalidad de su historia, […] le lleva a formularse preguntas sobre la justicia del universo y el lugar que en ella ocupa esa colonia penitenciaria, un régimen psicológico diseñado con todo esmero lo aleja de la ética y de la metafísica y lo conduce hacia el terreno más humilde la razón práctica. De alguna manera, a medida que avanza palmo a palmo por este laberinto de constricciones, de manipulaciones y de dobleces, debe comprender que bajo ningún concepto puede tirar la toalla, ya que sobre sus hombros descansa la responsabilidad de representar la simiedad. El destino de sus hermanos y hermanas pudiera estar determinado por el grado de excelencia con que se conduzca él.


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