8/9/14

LXXXI.- REFLEXIONES DE UN MONO ENJAULADO (1)

LXXXI
REFLEXIONES DE UN MONO ENJAULADO (1)

Desde la más tierna infancia y hasta la tumba hay, en el fondo del corazón de todo ser humano, algo que, a pesar de toda la experiencia de los crímenes cometidos, sufridos y observados, espera invenciblemente que se le haga el bien y no el mal. Ante todo es eso lo que hay de sagrado en cualquier ser humano.

SIMONE WEIL


Ombruoglio int’o lenzuolo (el lío en la sábana) llaman en Nápoles a una película, dice Erri de Luca. Hay líos y líos, y en el cine hay de todo, como en los libros. Un ejemplo de hasta qué punto la degradación de las formas de expresión de nuestro edificio cultural han ido degenerando en un proceso progresivamente acelerado, lo tenemos en el cine, con su aportación de nuevas formas textuales a nuestro edificio monumental, que hay que aprender también a leer con una mirada bien formada. El cine, que ya en sus inicios formaba parte de esa industria cultural que hoy abarca prácticamente cualquier manifestación cultural, ha sido considerado, sin embargo, como el séptimo arte. Había razones para ello en su etapa que hoy podemos llamar “clásica”, la época dorada de Hollywood. En la actualidad, no se puede negar que hay películas –pocas; una excepción magistral, “El Padrino” de Coppola, y ya puede considerarse “antigua”- de noble y bella factura, apoyadas en espléndidos intérpretes y adornadas con las conquistas de las nuevas tecnologías y sus efectos especiales. Pero les falta chispa, algo que aquellas películas de las primeras décadas del cine, mudo y sonoro, tenían. No conectan con el ethos humano, con nuestras inquietudes vitales esenciales y nuestras estructuras antropológicas básicas. Les falta hondura y les sobran formalidades novedosas.
En cualquier caso,  a mí no me importa citar “los líos de la sábana” como si fueran escritos de un viejo pergamino. En este caso me vienen a la memoria varios líos de la sábana que exponen, a su vez, varias clases de inocencia. No es lo mismo la inocencia de “El Inocente”, el protagonista de la novela de D’Anuncio que Luchino Visconti llevó al cine, que la inocencia de “Senso”, la protagonista de la novela de Camilo Boito, también llevada al cine por Visconti. Una, la de D'Anuncio, proviene de la ideología fascista del superhombre que dice estar más allá del bien y del mal: el protagonista mata a un niño y no se siente culpable por ello; la otra, la de Boito, de los impulsos de una naturaleza que no ha encontrado su lugar en el edificio cultural que la acoge: la protagonista es de naturaleza ferviente, pura sensualidad -”Senso”- que no sabe qué hacer con la vida que bulle en su cuerpo. 
La inocencia a la que yo me voy a referir no tiene nada ver con estas dos citadas inocencias ni otras parecidas, inocencias bajo sospecha tratándose no de animales, sino de hombres y mujeres, que son algo más que instinto o voluntad de poder, algo más que ideología e instinto; esta otra inocencia creo que está magníficamente reflejada en otras dos figuras del cine italiano que protagonizó una misma actriz, Giuletta Massina: una, nocturna, la Cabiria de “Las noches de Cabiria”, y otra, diurna, la Gelsomina de “La Strada”.  Cabiria y Gelsomina son dos arquetipos que responden a mi parecer a la idea de inocencia que Simone Weil señala como aquello que el ser humano tiene de más sagrado y que se recoge en la cita de entrada. “Desde la más tierna infancia y hasta la tumba hay, en el fondo del corazón de todo ser humano, algo que, a pesar de toda la experiencia de los crímenes cometidos, sufridos y observados, espera invenciblemente que se le haga el bien y no el mal. Ante todo es eso lo que hay de sagrado en cualquier ser humano”. Creo que esta parte íntima, escondida, sagrada, del ser humano la comparte con los animales y es también esa misma inocencia primordial desde donde nos brota el anhelo de perfección y de justicia. La educación debe dirigirse a esa parte de inocencia –la inocencia del justo- que tiene todo ser humano. Si no es así, la educación se convierte en un instrumento al servicio del adoctrinamiento y el entrenamiento para la explotación del hombre por el hombre. La repetición histórica, una y otra vez, de la crucifixión. 
Para que el concepto de excelencia o perfección que conlleva toda tarea educativa adquiera su sentido correcto, la acción educativa debe evitar caer en los condicionamientos sociales que cada momento reclama y dirigirse a ese fondo genuino, inocente e incondicionado del ser humano, que es, antes que razón instrumental, imaginación práctica, antes que mente competitiva, corazón despierto.  Ahí habitan el anhelo de justicia y la nostalgia por un paraíso perdido que a los niños, si se lo permitimos, se les concede vivir de alguna manera en su infancia.  Este ser incompleto, frágil, ambiguo, contingente que es el ser humano cuando nace, no es el buen salvaje que la sociedad enseguida  pervierte, sino el humus –hombre-, tierra abierta, que en el mismo proceso de adquirir la forma que lo convierte en persona –máscara- ve nacer  en el interior de esa forma la posibilidad y potencialidad de descubrirse a sí mismo como ser capaz de  re-formarse y volver a nacer en otro nivel que trasciende sus condicionamientos y lo abre a otra posibilidades de evolución personal desde su fondo más auténtico y esencial. A la educación le toca despertar y preservar ese fondo genuino de cada cual, pues ahí reside el impulso esencial de la voluntad de ser mejores –en orden al bien, la belleza, la justicia y la verdad- que duerme en todo ser humano. Sólo desde lo genuino, lo personal, y su voluntad de realización plena, la relación con el otro adquiere autenticidad y realidad; lo demás pertenece al tumulto inconsciente de la masa manipulada, al rebaño, a su explotación y al consiguiente sacrificio por parte del amo y  los pastores y perros a su servicio.
Sobre esta base de la inocencia primordial que habita en cada ser humano y especialmente en los niños, que compartimos de alguna manera con los animales, quiero sostener las reflexiones que expongo a continuación. Son cuestiones sobre las que he meditado largamente y que laten como fondo de la situación actual de la educación.  Desde aquí, desde este fondo primordial, es necesario abrirse al problema de la relación educativa, la relación entre uno que enseña y otro que aprende, entre un Yo y un que se miran ora hostiles, ora indiferentes, ora comprendiéndose en el misterio mismo de la relación. 


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