11/4/14

XL.- EL OCTAVO DÍA

El octavo día (1)

Para el día séptimo había concluido Dios todo su trabajo; y descansó el día séptimo de todo su trabajo (Génesis, 2, 2)

Las interpretaciones que conozco sobre la evolución -sin tener en cuenta a quienes simplemente la niegan- se pueden resumir en dos que son totalmente contrapuestas. 
Una dice: toda la evolución no es más que el resultado del azar y la necesidad. ¿Para qué o hacia qué evoluciona el universo? Para nada, hacia ninguna parte, responden quienes defienden esta primera tesis; las cosas ocurren porque sí y además no le ocurren a nadie. El sujeto, la conciencia, no existe. 
La otra dice: toda la evolución responde a un plan, bien inserto en la propia Creación -en la Naturaleza- o bien concebido por un Ser infinitamente sabio que crea y recrea el Universo y lo hace evolucionar hacia una meta que no sabemos bien cuál es. 
En el Génesis bíblico se presenta esta segunda interpretación en forma literaria, mítica. Quienes sostienen la primera, se atienen a los datos que ha ido aportando la ciencia, de los que deducen o extrapolan -la ciencia no demuestra nada en este sentido- su interpretación. 
Las aproximaciones a esta cuestión en los últimos dos siglos están llenas de metáforas sugerentes que pretenden sustituir la tradicional alusión bíblica al descanso de la tarea creadora de Dios: Dios ha muerto, Dios se ha retirado, Dios se ha ocultado.
Si nos centramos en la evolución del ser humano, también encontramos estas mismas posturas, que coinciden en considerar que el hombre ha pasado ya por tres largas etapas o fases. En una de ellas, se yergue sobre sus cuatro patas de animal y cambia “el lomo de la fiera” por la espalda del “homo erectus”. En la otra, el “homo erectus” pone en sus manos una herramienta -a-garra la piedra lascada o pulimentada- y se convierte en el “homo faber”. Pero, como dice el mito de Prometeo, las herramientas no son sino una prolongación de sus garras y, en la ambigüedad de su doble cara -la piedra bifaz- sirve más bien para que se destruyan unos a otros. Si uno mira la historia, tenemos que darle la razón al poeta Ángel González en unas de sus “Glosas a Heráclito”: 

Nada es lo mismo, nada
permanece. Menos
la Historia y la morcilla de mi tierra:
se hacen las dos con sangre, se repiten.

Cualquiera de las dos interpretaciones sobre la evolución que hemos referido, es decir, tanto si nos acogemos a la idea de que el universo -y el hombre con él- evoluciona al margen de todo proyecto intencional, como si entendemos que existe una finalidad que lo trasciende y nos trasciende y le da sentido, hemos de reconocer, en tanto animales reflexivos que somos, capacitados para leer el mundo en que vivimos, que la evolución o la creación, como dice Idries Shah, ha entrado en su octavo día. Y el hombre se encuentra con la tarea de tener que hacerse cargo de su propia evolución y, en cierto modo, de la del universo entero. Las decisiones que adopte de ahora en adelante tendrán repercusiones trascendentales para sí mismo y para el mundo que habita. 
Fijaos bien en esto: lo que el hombre tiene ahora en sus manos no es una simple piedra, lascada o pulimentada, sino una bomba atómica en una de las manos, la de la destrucción total; y en la otra, una bomba de relojería, la de la manipulación genética, la del transhumano, el cybor, la reconstrucción total del proyecto original. Ya Descartes declaraba, en el optimismo inicial de la modernidad, “señores y propietarios de la naturaleza”. Hoy, la enorme capacidad de autodestrucción que tiene en sus manos y la no menos inquietante capacidad de manipulación del mismo corazón de la vida, viendo al mismo tiempo que en esencia no hemos salido del paleolítico y que seguimos siendo básicamente depredadores instintivos, y, sobre todo, los acontecimientos históricos recientes del nacionalsocialismo y el comunismo, nos ha vuelto más pesimistas o más realistas. Quizá porque hemos tomado conciencia de que el hombre no es el amo y señor de la naturaleza, sino que forma parte inseparable de ella, que es una criatura, más evolucionada y evolucionable, pero una criatura, un ser abierto en su estructura, pero a la vez cercado por sus limitaciones. 
La gravedad que adquiere hoy el uso de las herramientas inventadas por el hombre, que siguen manteniendo su consustancial ambigüedad, presenta dimensiones apocalípticas; es decir, las características de una nueva revelación.  Konrad Lorenz se refirió a la posibilidad de que estemos a las puertas de un descubrimiento trascendental -fulgurante, dijo- que suponga un salto cualitativo para la humanidad, que sirva para esclarecer el sentido del universo y el lugar del ser humano en él. Este descubrimiento sería, dice Viktor Frankl, como la exposición “fulgurante” a la que se somete una película fotográfica y, por tanto, sólo después podrá ser revelada. ¿Quién se atreverá a interpretarla y actuar en consecuencia? ¿Con qué derecho? ¿Con qué garantías?

Pues esta revelación no viene ya de ningún orden sobrenatural o trascendente, no se justifica invocando la voluntad divina, no se apela a instancias omnipotentes ni omniscientes. Los hombres ponen ahora su destino en manos de otros hombres y fía sus deseos a sus mismas promesas. ¿Es consciente, si se conoce bien a si mismo y a sus congéneres, del riesgo que corre? 

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