26/3/14

XXXVI VOTOS, ENCUESTAS Y ESTADÍSTICAS

XXXVI
Votos, encuestas y estadísticas 

En un gobierno aristocrático, se elige al mejor; en una democracia, se echa a suerte.
(ARISTÓTELES)

Nos encontramos actualmente en una situación en la que la democracia como sistema de gobierno ha ido derivando desde el voto libre a la encuesta participativa, del recuento de votos a la estadística de opinión. La estadística, que en principio fue -y sigue siendo- una herramienta de investigación sociológica, se ha incorporado también como instrumento de propaganda en la legitimación de la facticidad de todo status quo.  Al ciudadano se le persuade de forma machacona a que participe en la cosa, y casi se le obliga así a estampar su firma de conformidad en documentos e informes, calificados de científicos y por lo tanto indiscutibles, que están pensados, sin embargo, para su propio sometimiento y ruina. Se pone uno así en manos del encuestador como se pone en manos del cirujano que te opera: tú eres el responsable de todo lo que él haga contigo. 
Veamos, como ejemplo, un tanto grueso pero asequible a todo el mundo, el caso de las encuestas de opinión que se hacen en los programas televisivos de debate. El que las preguntas, como así ocurre, estén siempre cargadas de intencionalidad manipuladora, en cierto modo, es lo de menos, pues esa carga puede resultar bastante obvia incluso para el menos avisado de los televidentes, por lo que podemos defendernos de la manipulación sencillamente no contestando, no participando.  Y, sin embargo, hay gente que participa en tales encuestas incluso pagando por ello. Esto se debe en gran parte a que las ideologías han adquirido un carácter tan simplista y mecánico -que los propios programas de debate alimentan- que el espectador se siente forzado a participar para evitar lo que considera siempre males mayores, es decir, que gobierne el enemigo o que sobrevenga el caos. De este modo se nos llama a participar, queramos o no, mediante la táctica del miedo. 
El problema de fondo de una encuesta, incluso refiriéndonos ahora a las más elaboradas y refinadas, es que el preguntado no puede a su vez preguntar por la pregunta. Es decir: la encuesta no puede evitar transformarse de hecho en un interrogatorio en el que al interrogado no se le leen previamente sus derechos ni se le permite estar acompañado de su abogado. Se confunde así el contexto de la objetividad científica con el contexto de la discusión pública. 
El encuestado, por otra parte, se ve ante algo que se le presenta como una contradicción insalvable: tiene que contestar siempre a favor de quién hace la encuesta y al mismo tiempo mantener la ilusión de que es libre para hacerlo o no. De este modo, el problema político como el problema moral se reducen a una cuestión estadística. 
Desde cierto punto de vista esta contradicción es no sólo insalvable, sino insoluble. Si una persona se siente parte de un colectivo o masa, dentro de una determinada lectura del mundo, se verá a sí misma reducida a un porcentaje que, si quiere ser ella misma de manera singular y no seguir a ninguna de las configuraciones establecidas para agrupar a las masas, será ridículo desde este punto de vista cuantitativo; se verá en algún momento como perteneciente a una minoría de perdedores, fracasados, antisociales o locos. Y esto es así, dentro de esta visión de las cosas, tanto si la actividad es de apoyo y dice sí, como si es crítica y dice no. 
Para entender que la persona pueda tener un valor en sí misma, es decir, para ver el asunto desde una perspectiva ética -el hombre como fin y no como medio- la lectura que hagamos del mundo tiene que ser otra, en la que cuente la calidad del sujeto y no la cantidad de las respuestas “objetivas” a una encuesta. Desde el mismo momento en que se participa en una encuesta, uno pasa a ser ipso facto un número y deja de ser una persona que toma decisiones de manera libre y responsable; pasa del reino de la libertad, al reino de la necesidad, al de los hechos inapelables. Y aquí tenemos otro problema relativo a la fiabilidad de las encuestas: que tampoco podemos preguntar por las fuentes de información o de opinión, pues lo mismo da que el encuestado sea un sabio reconocido como un perfecto ignorante. Las respuestas, todas juntas y revueltas, valen todas lo mismo. 
Las preguntas que debemos hacernos a nosotros mismos, más allá de las preguntas que nos hacen en las encuestas, son esencialmente dos: una, cómo se puede vivir en el reino de la necesidad, pues no podemos evitarlo, y al mismo tiempo no pertenecer a ese reino, sino vivir libremente; y otra, cómo la persona libre y singular puede contribuir a desarrollar ese reino de la libertad para todos. 
Hemos de tener en cuenta que, como siempre, las apariencias, hoy tan ruidosas, engañan. Y que las personas conscientes, libres y singulares, tienen más poder de convocatoria e influencia del que parece. Pueden que no salgan en la tele, pueden guardar silencio absoluto, pueden no votar ni participar en nada de aquello que los tiempos arrastran en su vertiginosa corriente caudalosa de las mayorías. Sin embargo, su presencia estará siempre rodeada de aquellos que, estando vivos, olfatean lo que hay de vivo y singular en ellos. Las abejas no se acercan a las flores artificiales, sino a aquellas de las que se puede libar para fabricar dentro de sí “blanca cera y dulce miel”.  Alrededor de su silencio, se van concitando adhesiones invisibles y creando vínculos inconscientes que trabajan en la sombra para el futuro. 
 Hoy, por la esencia técnica no sólo de su esqueleto y su musculatura, sino también de su alma, el Leviatán puede ser descrito como una Máquina. A esta Máquina, de la que ya hemos hablado, no le basta con una aquiescencia plebiscitaria, contabilizada en el porcentaje mayoritario que acepta el sistema y sus reglas de juego, sino que precisa también de la puesta a punto permanente de toda su ergonomía, que ciertamente es muy flexible y sabe integrar muchas aparentes oposiciones, pero por eso mismo la vuelve más frágil y exige más cuidados y recursos de mantenimiento. Un sólo grano de arena puede bastar para que se produzca una avería de consecuencias incalculables, como bastó la honda de un pastor para derribar a Goliath o una bandera en la mano de una doncella para acabar con el Ancien Regime. Son estas consecuencias las que deben ser valoradas por aquellos que pueden cambiar el rumbo de las cosas. 
Las apariencias nos hacen ver que el ser humano parece hoy una simple mezcla de músculo y sudor aportando energía al funcionamiento de la Máquina. Pero como vemos en la película de Kubrick, “2001 Odisea”, basta un destornillador en la mano de un hombre  consciente y decidido para desmontar la Máquina que -nunca debemos olvidarlo- él mismo ha montado. Por eso quizá sea el autoexilio, la autoproscripción, la huida incluso si esta consiste en hacerse invisible en medio del tumulto, lo que permite que el ser humano tome contacto consigo mismo y tome conciencia de su extraordinario poder como humano. Es este poder, que nace del interior de cada hombre y cada mujer, el que nunca podrá ser averiguado por una encuesta ni calculado mediante un porcentaje estadístico. 
Como ocurre con los fuertes vínculos que sin saberlo establecemos con nuestros padres y que se hacen conscientes y operativos cuando estos mueren, ocurre también con cierta clase de personas singulares: cuando se van es cuando comienza su andadura, en la entrega de su espíritu. El ejemplo arquetípico es el de Cristo. ¿Quién podría predecir, con los datos fácticos que proporciona la historia -el imperio de las legiones romanas y el imperio de las leyes mosaicas del sacerdocio judío- que el hijo de un carpintero de una aldea de Judea iba a trastocar todo el orden mundial y su fracaso iba a servir de alimento a una utopía que perviviría durante veinte siglos hasta hoy y quizá perviva en el futuro? Y estos días estamos viviendo otro ejemplo, el del recientemente muerto presidente Adolfo Suárez. Ojalá la entrega de su espíritu sepamos recogerla y la concordia de la que se ha hecho representante egregio para la historia vuelva a anidar en nuestros  corazones.


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