24/3/14

XXXV: ¿POR QUÉ ESCRIBIMOS?


¿Por qué escribimos? (2)

Recuerdo que hace ya años un amigo -un filósofo que, sin ninguna duda, tiene un puesto asegurado en la historia de la filosofía por su obra- me decía que otro amigo suyo -o un familiar, no recuerdo bien- había publicado recientemente en el ámbito de las ciencias un libro que sólo podrían leer media docena de personas en el mundo. Esto lo decía con cierta envidia, a pesar de que unos cuantos estantes de la biblioteca de su casa -que ocupaba prácticamente toda la casa, un modesto piso en Madrid- estaba llena de sus propios libros y seguramente en aquella época él escribía en gran parte para que lo quisieran.  Creo que todos los que escribimos, con más o menos saber, capacidad de producción y fortuna, echamos a andar con esas motivaciones primarias de que nos quieran y seamos reconocidos.  Luego, con los años y el oficio, la escritura, el escribir, se apodera de uno y es más conducido que conductor. Quizá será mejor decir que el lenguaje se hace cargo de sí mismo y uno se convierte en su instrumento. 
Viene a mano una cita de Etsuro Sotoo, el escultor japonés que sigue desde hace treinta años la obra de Gaudí  en el templo de la Sagrada Familia: “Mi manera de picar piedra, de trabajar es una búsqueda […] Antes, cuando me plantaba ante una piedra decía: soy un escultor que va a convertir este simple trozo de piedra en una obra de arte. Estaba totalmente equivocado. Quien da la orden es la piedra, la herramienta que tiene que obedecer soy yo: si no, no sale nada”,  dice Etsuro Sotoo. Es también lo que pensaban el propio Gaudí o Chillida
. Si esto se puede decir de una piedra, ¿qué no tendremos que decir de una lengua?
El escritor, cuya relación tiene que ver más con el oído que con la mirada, está ahí, pienso yo, más para oír que para decir, “puesto el atento oído / al son dulce, acordado”, que decía Fray Luis.  Está para obedecer, que es lo que dice también la palabra “oír” -aubdire-. Y si sabe recibir lo que oye como lo que es, un alimento celeste para su espíritu, y sabe que ser agradecido es de bien nacido, sentirá la obligación de decirlo a su vez y en voz alta a los otros, compartir ese alimento. Que por cierto, como el maná bíblico no se puede guardar: “Que nadie guarde nada para el día siguiente.” No obedecieron a Moisés, y algunos guardaron algo para el día siguiente; pero se llenó de gusanos y se pudrió (Éxodo, 16, 19); como tampoco el pan  que pedimos en el Padrenuestro, y por eso lo pedimos para cada día. (La traducción de la palabra griega epioúsius es todo un enigma, pues tengo entendido que significa a la vez “supersustancial” -aquello que nos eleva y nos hace crecer por encima de nosotros mismos, que estira nuestra esencia y la hace crecer-, “conveniente” -el que necesitamos para vivir- y “futuro” o “del mañana” -pan que compartiremos y celebraremos todos como hermanos algún día-. 

Si comparo ahora el arte de escribir con la pintura -a la que yo también me aficioné cuando era más joven-, me hago cargo de mi situación particular. No soy un genio de la pintura, por eso abandoné los pinceles. En cuanto a mi afición actual por el cálamo, ni siquiera soy el pintor del cuadro. Mi tarea es mucho más humilde -lo que no quiere decir que sea sencilla y no tenga su importancia-: consiste en preparar la exposición, colgar los cuadros en la pared y que les dé bien la luz para que los que quieran visitarla los vean, con el mismo aprecio o incluso más, como yo, también lector, los he disfrutado. Tengo que decir que hay bastantes más visitantes de los que yo esperaba. Y aunque ya no tengo claro que el motivo principal para escribir sea que me quieran, el cariño siempre es bien recibido. 

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