24/3/14

XXXIV: ¿POR QUÉ ESCRIBIMOS?


¿Por qué escribimos? (1)

Yo escribo para que me quieran 
(GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ)

La anterior frase atribuida a García Márquez tiene dos aspectos que me gustaría comentar. 
Una es que, bajo la apariencia de las supuestamente distintas motivaciones que tenemos los escribanos para escribir, subyace como denominador común la necesidad humana de recibir calor y atención por parte de nuestros congéneres. Esto tiene relación con nuestra vanidad, cosa de la condición humana. De la misma manera que necesitamos nuestra ración diaria de comida para nuestros sostenimiento biológico, necesitamos también nuestra ración diaria de atención para el sostenimiento psicológico de nuestro ego, que en el caso del oficio del que hablamos y casi como cosa propia, cobra visos muchas veces de irredimible narcisismo. Suele haber una relación inversamente proporcional entre la atención que necesitamos de los demás y la atención que nosotros les prestamos. Las necesidades especiales de atención que tenemos los artistas nos vuelven muchas veces ciegos y sordos a las necesidades de los demás. 
El otro aspecto tiene que ver con el sentido, más o menos objetivo, de lo que escribimos, de la utilidad y el servicio que se presta con ello. No sé hasta qué punto el primer aspecto interfiere con el segundo. Pienso, por ejemplo, en la tarea de divulgación, como es en cierta manera lo que yo estoy haciendo en este blog. Toda divulgación es ambigua por su propia naturaleza. El que divulga tiene, forzosamente, que hacer concesiones a la nesciencia general -que no es ignorancia, sino un no saber aquello que uno no está obligado saber-, al mismo tiempo que intenta remediarla con lo que escribe. Se trata de un terreno resbaladizo en el que nunca están del todo claro -por la maleabilidad que presenta siempre el lenguaje a nuestro servicio y la dificultad de justificar de manera honrada y fidedigna lo que se dice en él- las diferencias entre el músico y el encantador de serpientes. 
Un caso que tiene relación con todo esto es lo que pasó con la primera edición del “Zaratustra” de Nietzsche, según cuenta Sánchez Pascual. Si mal no recuerdo, dice que la edición constaba apenas de cien ejemplares, que se vendieron poco más de media docena, que esta media docena fue leída por la mitad de la mitad y que el libro sólo fue entendido por la mitad de la mitad de la mitad. ¿Escribiría Nietzsche para que lo quisieran? 
Nietzsche es un caso ejemplar de como el sabio corre el riesgo de la soledad. El saber, como el poder, lleva a la soledad. Cuanto más poderoso es un hombre, más solo está; también cuánto más sabe. Ambas cosas arrastran consigo el peso de la responsabilidad, que no siempre se ejerce por culpa de eso que los griegos llamaban hybris, la soberbia humana, pues queremos ser como dioses. Pero yo me he preguntado a veces: si Dios es infinitamente sabio e infinitamente poderoso, ¿cómo será la soledad de Dios?
Sobre esto, publiqué hace ya bastantes años un poema, dirigido a mis hijas, entonces niñas, que decía así:

Algún día sabrás que tú estas sola,
como yo estoy solo, estamos solos,
que todos están solos
y que Dios está solo.

Pero sabrás también
que tras de las palabras nos hablamos,
debajo nuestros cuerpos nos sentimos,
arriba nuestras almas trascendemos 

y estamos solos todos juntos. 

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